Es la pregunta que se hacen en estos días los centenares de ancianos que han visto cómo Unicaja acaba de ponerlos de patitas en la calle al decretar el cierre de nada menos que 14 hogares de jubilados. No es novedosa la decisión de la entidad ya que a las instituciones que echan ahora el cierre le precedieron otras no muchos años atrás. De los hogares cerrados a cal y canto en la mayor parte de las provincias andaluzas se llevó la peor parte la de Málaga con media docena de ellos sumidos desde ahora en el silencio y la oscuridad.
La entidad bancaria, pese a que en el pasado ejercicio-año 2013- recuperó el derrotero del crecimiento de beneficios,no ha dudado en cercenar sin contemplaciones la parte que de sus beneficios destina al beneficio de la sociedad, en este caso a quienes ya todo lo dieron y columbran cada vez más cercano la proximidad del ocaso final.
La Obra Social renquea puesto que de los más de 30 millones empleados en el pasado ejercicio se han quedado en poco más que 24. Y naturalmente el recorte se nota,sobre todo si repercute en los menos favorecidos por la diosa Fortuna, que para más inri, suman años a destajo.
Lejos quedan ya los años dorados de don Juan de la Rosa al frente de la Caja de Ahorros de Ronda, quien se volcó con los más más viejos del lugar, los cuales vieron como se levantaba un hogar de jubilados en todos y cada uno de los pueblos de la provincia malagueña. Nunca se agradecerá lo suficiente el impulso que este rondeño ejemplar otorgó a los pueblos serranos y malagueños en aras de conseguir el bienestar y el buen pasar de sus habitantes,sobre todo en los años en los que estas cointingencias dependen de los demás y no de la voluntad de ellos para lograrlas por las concebidas carencias económicas.
Colonias infantiles y hogares de jubilados surgieron por doquiera prestándose un servicio impagable a las administraciones públicas que poco o nada podían hacer al repecto. Nuestros padres pasaron muy agradables ratos leyendo el periódico o jugando al dominó o al julepe, además de gozar con la charla distendida; en suma, momentos de evasión y distensión que ahora se les niega a muchos por un recorte presupuestario cuya incidencia al cebarse en los mayores nadie entiende.
¿ Y ahora adónde vamos? Una pregunta un tanto angustiosa que nadie sabe contestar. Dejaron de existir los mentideros de los pueblos en donde se hablaba de lo divino y humano.Ahora serán la salida otra vez para aquellos a los que se le cierran otras posibilidades de ir consumiendo de manera grata los momentos de existencias agostadas por los años y para quienes los hogares supusieron poco menos que un islote de salvación,por lo menos para algunas horas de sus vidas.