Carta abierta a mi nieto Mario Ángel
JOSÉ BECERRA GÓMEZ
Permítanme que después de muchos años asomándome a la portada de Sur digital y a las páginas de colaboraciones del periódico de papel, en los que perfilé mis trabajos hablando largo y tendido sobre los más variados temas y tratar de mostrar a los lectores impenitentes y amables mis divagaciones, dispensen, digo, el que trate de hablar hoy de mí mismo.
Bueno, en realidad no pretendo hablar de mí, Dios me libre, sino de algo que acaba de cambiar mi vida, trastocando los derroteros por los que ahora transitaba. Ocurre que sin pretender hacerlo – el hablar de mí, que estoy seguro que a nadie interesa- no sé como evitar que mis sentimientos y emociones ante un hecho crucial para mi existencia no se reflejen en estas líneas.
La cuestión es que acabo de ser por primera vez abuelo. Y lo que ansío es hablar de este nuevo retoño en mi tronco cuando ya el árbol que sustentó mi vida acusa los avatares del tiempo y muestra cada vez más mustio, columbrando un no muy lejano final de su permanencia entre los vivos.
No obstante, el nacimiento de mi nieto Mario Ángel acaba de insuflar nuevos ánimos y renovada savia a mi ya mermada existencia. Y eso es de agradecer.
Lo pusieron en mis brazos cuando aún no contaba sino escasos minutos de su vida y lo consideré como el mejor regalo que podría concederme el Cielo: su primer llanto me sonó a música celestial, tengo que confesarlo en honor a la verdad.
Sopesaba su frágil cuerpecillo y no cabía en sí de puro gozo. Y sus ojitos, negros, vivos y profundos, su sonrosado y frágil cuerpecillo que aún conservaba la tibieza de su madre de cuyo vientre acababa de salir ¡ y una cabellera insólitamente tan negra como el azabache!: detalles de su fisonomía de bebé lo suficientemente impactantes como para dejarme mudo por la emoción y lloriqueante. ¡Qué le vamos a hacer si estas vivencias son muy contadas a lo largo de la vida de cualquiera! Y presumo que quedarán indeleblemente arraigadas en mi alma.
Querido nieto: Acabas de arribar a un mundo revuelto. Con el tiempo sabrás que llegaste cuando a nuestro país lo sacudía un paro desenfrenado y una desconfianza pertinaz del pueblo hacia la clase política; el cambio climático era una amenaza constante y el hambre en otras latitudes asentada hacía mella en la población infantil en España y en Andalucía en concreto. Había algaradas sociales en las calles, lo que no quitaba que la pasión por el fútbol se manifestara en ellas: unos aclamaban al Real Madrid con su delantero centro Ronaldo y otros al Barça, cuya figura era Messi. Y El Málaga en trance de la permanencia en la primera división.
Cuando puedas leer esta carta es más que posible que las condiciones económicas habrán cambiado y que el nombre del presidente del Gobierno de ahora será un dato que te resbalará por el entendimiento, como lo hará el de Don Juan Carlos de Borbón, que es el Rey, quien en estos días en los que apenas tú contabas dos meses de vida, acaba de abdicar del Trono español que se confía desde ahora a su hijo Felipe VI.
Todos estas referencias cuando tengas pleno uso de razón no te dirán nada, pero quiero que sepas las circunstancias en las que llegaste para formar parte de la humanidad que te acogió cuando el miércoles 9 de abril de 2014 nos alegraste a todos con tu primera llantina en la sala 213 del Hospital El Ángel (también es casualidad que llevara tu nombre) a la 1 y 5 minutos de una tarde primaveral espléndida.
Quiero recalcar sepas que yo fui el primero que te tuve en brazos. Me lo dejaron cuando tu madre aún estaba inconsciente después de darte a luz tras el acontecer del parto, al cual cooperó el ginecólogo José Félix García España, al que tu deberás estar eternamente agradecido porque debido a su buen hacer viste la luz de este mundo del mejor de las maneras posibles.
Tampoco olvides que desde los primeros momentos de tu existencia fuiste para nosotros el centro del universo a cuyo alrededor giramos toda la familia para hacerte más grata la existencia desde el primer momento de vida. Tus lloriqueos primeros, la avidez con la que succionabas los pechos de tu madre, los momentos en los que la naturaleza te exigía expeler los desechos de tu cuerpecito, tus sueños tranquilos o agitados se convirtieron en el eje sobre el que giraba nuestras vidas. Tu reposo y tus ojitos brillantes abiertos a cuanto te rodeaban, una dicha inconmensurable; tu desasosiego, una tragedia. Tu primera sonrisa, un acontecimiento sin precedentes, no te digo más
El siguiente deseo es verte crecer, corretear por los pasillos y escuchar cómo balbuceas tus primeras palabras y emites incipientes risas. Acabas de transformar nuestras vidas para bien y te deseamos lo mejor del mundo para lo venidero. Dios te colme de dicha: ese será nuestro contento. ¡ Bien venido a este mundo, Mario Ángel!
“Toques leves en la puerta,
murmullos en el dintel,
unas voces que preguntan:
¿Habitación 113? Aquí es.
En mis brazos te dejaron
pocos minutos después.
Un cuerpecillo tan frágil
que me temía romper.
¡Emoción, lágrimas, contento!
¡Temblor en todo mi ser!
En mi ya longeva vida,
¡Qué feliz acontecer!
Ahora pido más vida
para así verte crecer.
Y para poder enseñarte
lo poco o mucho que sé.
Es lo que anhelo y espero
viendo los años correr,
como se aspira en las sombras
la luz de un nuevo amanecer.
Mario Ángel, ansiado nieto,
¡Cuánto te he de agradecer!
Hablarte quiero sin prisas
de lo que hay que saber.
De Historia y de regiones,
de lo divino y lo humano,
¡como tiene que ser!
De la Serranía y de ríos,
De los montes y el vergel
(En una playa cualquiera
Tu cometa elevaré).
Dormido en mis brazos,
¿podré tener más grato bien?
(En el aire todavía
las nanas que te canté)
Pasearemos muy juntos,
Viendo lo que hay que ver.
Y cogidos de la mano,
despacio, te guiaré…