Feria de Málaga: exultación de los sentidos
JOSÉ BECERRA GÓMEZ
La relación de los sentidos y la experiencia, el despertar de la memoria, que adormecida y oculta se incorpora súbitamente a nuestro sentir espoleada por algún suceso seguramente banal e intrascendente pero que rompe las ataduras de lo cotidiano aherrojándonos y suprimiendo en nosotros cualquiera otra sensación y realidad, fue tratada con la misma profundidad psicológica que supo imprimir al resto de su obra Marcel Proust en la primera parte de La búsqueda del tiempo perdido.
Proust, a su antojo, volvía una y otra vez a los momentos de la infancia felizmente vivida en su París natal de los años 20, rememorando el aspecto agradable, el tacto rugoso pero placentero, el sabor inconfundible de las magdalenas que con asiduidad le compraba un familiar co en una humilde panadería de la rive gauche del Sena. Evocaba las magdalenas consumidas con delectación y el mundo de su barrio se abría de par en par ante sus ojos, no importaba que hubiesen transcurrido los años, era igual que la remembranza se hiciese desde un lugar lejano sin similitud alguna con el ambiente y la situación anteriormente vivida.
El poder de la mente, la analogía de los sentidos yuxtapuestos a la experimentado, obraba el milagro. Aprehendía el tiempo, siempre fugitivo, lo domesticaba a placer y volvía a los momentos pasados y felices utilizando el resorte del gusto y las imágenes asociadas a este sentido.
No es el sentido del gusto sino el del olfato el que a mí me devuelve cada vez que lo evoco la imagen de Málaga (ahora sumida en la esplendente feria agosteña), el calidoscopio de las sugerentes perspectivas de sus calles, del puerto que se enseñorea del parque, remolonea en la Alameda y casi se hace presente en la calle Marqués de Larios a la que impregna de su cálida presencia; dela Alcazaba, alta y altanera; de la catedral, portento de sillares y entablamentos, arquerías, columnas y cúpula y armonía de proporciones. No me evoca toda esta magnificencia el regusto de un dulce exquisito sino la fragancia y forma de una flor, esbelta, restallante de color: la biznaga.
La biznaga, no es una flor natural, sino el resultado de la feliz conjunción de jazmines ensartados en una planta espinosa que lo acogen y que se abren al atardecer para ser colocados en la pala de chumbera para que bien alineadas expandan su penetrante olor y pasen a ser el símbolo por antonomasia de la feria de agosto.
Percibí su aroma, me encandiló su prestancia cuando, en mis años de la infancia – ya ha llovido – paseaba por Larios de la mano de mis progenitores y un vendedor ambulante la ofreció a mi madre. La fragancia impregnó toda la corta estancia de los tres miembros que componíamos aquella familia provinciana ocasionalmente trasladada, por motivo que ya no consigo recordar, a la para mí ya populosa capital. La que yo entonces, con ojos impúberes y atónitos comenzaba a descubrir. Regresé luego por motivos de estudios, y más tarde me afinqué en uno de los pueblos que le dan la mano por su proximidad y que como ella se asoma, recreándose, al esplendente mar Mediterráneo cada mañana compartiendo en complicidad tamaño milagro natural.
No hay para mí recuerdo próximo o lejano dela Málaga que parió calles y personajes históricos y entrañables, templos y paseos, tiendas y tabernas antiguas, feria, – “ esplendor y crisol de luz y color”- y procesiones semanasanteras – “ vahído de emoción y exaltación sin límites de los sentidos”-, librerías de viejo, posadas y patios de vecinos al que no se anteponga como preámbulo feliz de dicha amistosa, estética y sensual la espigada biznaga, inundando y enseñoreándose de mi ánimo y predisponiéndolo a la evocación más rutilante.
Connivencia de sentidos y experiencia que constató el asmático pero celebrado escritor parisino pero a la que se puede llegar a través de los más variados caminos. ¿Quién me dice que no estaría sumido en la fragancia de la biznaga Vicente Aleixandre cuando en Sombra del paraíso dio forma a versos sublimes a Málaga dedicados: “ Calles apenas, leves, musicales, jardines / donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas,/ Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas, / mecen el brillo de la brisa y suspenden / por un instante labios celestiales que cruzan / con destino a las islas remotísimas, mágicas, / que allá en el azul índigo, libertadas, navegan”?.