Melones de la Dehesilla de Benaoján
José Becerra
La Dehesilla de Benaoján mira al Guadiaro y parece regodearse con su presencia, justo en el momento en el que recibe el aporte de aguas frías como cuchillos que emanan de las sempiternas fauces abiertas de la Cueva del Gato. Con la rambla de su hermano menor, el Gaduares o Campobuche (no uno sino dos nombres recibe el afluente para dejar mejor constancia de su influencia en el entorno) el Guadiaro se envalentona y las tierras que tomaron su influencia como que se rejuvenecen y se muestran fecundas.
A la Dehesilla de Benaoján siempre se accedió siempre a través de un camino tortuoso sembrado de adelfas y junqueras, más propio de bestias de carga que de personas. Dificultad que no fue obstáculo para que fuese transitado con asiduidad por campesinos del municipio ya que en ella se establecieron pequeñas suertes de terreno que siempre fueron prolíficas. Allí, merced a tierras que gozaron de las humedades pertinentes armoniosas por manantiales y fuentes copiosas crecieron a sus anchas nogales, membrilleros, granados, albaricoqueros y vides, entre otras especies arbustivas de frutos apetitosos.
A los árboles frutales les ganaron en extensión las cepas, las cuales poblaron buena porción de la ubérrima Dehesilla. Su cultivo se extendió como una gran mancha verde que lujuriante revestía las tierras en los meses de calina. Y una cosa llevó a la otra, a saber, la proliferación de pequeñas bodegas que elaboraban un mosto dulzón y que constituía, como afirmaban los más viejos del lugar,” el mejor agasajo para la casa”.
Fueron los melones, sin embargo, el fruto más apetecido, junto a la sandía, de este pintoresco lugar. Si no se poseían tierras para sembrar sus semillas se pedía prestado un solar a quien las tuviera de sobras, que siempre había quien proporcionaba el favor al vecino o amigo. Las semillas, una vez convenientemente secadas al sol, se guardaban de un año para otro, sobre todo las que ofreció en su día un melón cuyo sabor mereció la alabanza de toda la familia. Si alguien tenía noticias de la existencia de estas semillas no dudaba a pedirla al poseedor: sabía que otro año podía ser el que las necesitara.
Una vez recolectada la cosecha, los melones, como un ejército en formación se colocaban en el rincón más fresco de la casa, sin que se tocaran unos a otros. A la hora del almuerzo se buscaba con ahínco el más maduro y subía con todos los honores a la mesa, siempre guardando a rajatabla el dicho de “el melón, por la mañana oro; al mediodía plata, y a la noche mata”.
Mi abuelo, que era campesino y socarrón, solía decir que “a melón bueno y maduro todos le huelen el culo”. Y nadie le podía rebatir la aseveración, como tampoco la de que “el melón y la mujer, difíciles de entender”. Más razón que un santo, oiga.
Pero la Dehesilla dejó de ser “melonera”. Y las casas dejaron de ofrecer su fragancia. Aquellos terrenos donde se esponjaron permanecen ahora áridos e infructuosos. El sequeral se extendió como una plaga y desparecieron viñedos y melonares; en su lugar se levantaron edificaciones amorfas: ni rastro de las cortijadas antiguas ni de lozanos paisajes de labranzas. En eso se ha salido perdiendo.
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