Dejen al jamón en paz
JOSÉ BECERRA
Algunos de los fabricantes de chorizos, morcillas y salchichón se habrás removidos inquietos en sus asientos con la publicación reciente de un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que apunta hacia las carnes procesadas como latentemente causantes del cáncer de colorrectal. Y no solo los embutidos aparecen en esta lista negra que está levantando polvareda sino que ésta incluye, ¿quién habría de decirlo?, al jamón, producto estrella de este animal hozador como es el cerdo, del cual dicen en la Serranía de Ronda de mis entretelas, que hasta los andares gustan. Vamos, que equiparan al embuchado, para cuya fabricación en Benaoján y Montejaque se dan buenas mañas, tan dañino como el tabaco.
Ganas de exagerar y de aguar la fiesta que es la que nos damos los nacidos en alguno de los pueblos que limitan con Ronda cuando nos engolfamos en un buen plato de morcilla frita o chorizo al vino blanco con patatas, que de seguro jamás habrán matado a nadie, eso sí, sin que el condumio de cada día, sino de vez en vez.
En el primero de los pueblos citados más arriba, que hizo de la matanza de cerdos el modo de vida de casi la totalidad de sus habitantes (que ahora estarán con razón despotricando contra esos pretendidos expertos que desaconsejan su consumo), conocí a jornaleros, arrieros y campesinos de poca monta, que se jactaban de comer la olla (garbanzos del terruño, tocino entreverado y carnosos huesos de jamón) los 365 días del año, que daba mucho de sí las matanzas caseras anuales. Y todos llegaron, sanos y robustos, hasta la edad provecta. Mi abuelo fue uno de ellos y culminó su vida pasados los 80 años.
Puede que la elaboración de salchichas de Fráncfort sean dañinas si se abusa de ellas, o de los hot-dogs, que nos vienen de allende frontera, pero no señalen los productos de cerdo, las carnes nuestras de toda la vida como perjudiciales, porque muchos de los que nos criamos en parajes de dehesas y consumimos lo que teníamos más a manos seguimos gozando de excelente salud.
Estos “sabios” de la OMS seguro que son vegetarianos y a golpe de informe funesto tratan de meternos los demonios del temor en el cuerpo. Ganas de hacernos las pascuas antes que llegue su tiempo en el calendario. Quieren condenarnos a frutas y hortalizas tan insípidas como aburridas. No creo que lo logren. ¡Por Dios, meterse con el jamón! Una desfachatez, vamos. Recuerdo a un viejo médico de mi pueblo serrano que recomendaba a los enfermos enclenques y anémicos “colgar un jamón en la cabecera de la cama”. Remedio de santo para su salud mortecina.
Seamos comedidos, pero sería un disparate desterrar la ingesta del jamón de toda la vida, además de otras viandas que constituyeron nuestro sustento y que nos alegraron la vida a la hora del condumio diario.