Desvarío enquistado
Como era de esperar (solo una minoría optimista esperaba un milagro), Pedro Sánchez ha vuelto a decir no de forma categórica y contundente a Rajoy en la entrevista que ambos han mantenido este miércoles. De nada han valido las prédicas de viejas glorias del PSOE aconsejando que le tendiera la mano al presidente en funciones, en aras de esquivar la pesadumbre de unas nuevas elecciones que revolotean sobre las cabezas de los líderes políticos y sobre todo por las de los sufridos votantes que, entre los me cuento, contemplamos una situación tan adversa como irracional no sin rabia y malestar.
La obcecada obsesión por vetar a Rajoy parece, empero, que se ha diluido un tanto. Afirmó algo así como “hoy por hoy nos opondremos”. Lo que no quita, al parecer, que cambien en el último momento tan radical decisión.
El PSOE ha servido a España fielmente durante décadas. Siempre ha sido un partido cohesionado en la defensa y los intereses del pueblo. Ahora se encuentra en un dilema: apoyar a su adversario o no hacerlo conduciéndonos a nuevos comicios. ¿Están seguros de que esta segunda actitud no les perjudicará en el futuro? Las cosas han rodado de manera y forma que el electorado, el suyo de siempre, tal vez no vería con malos ojos que diera su brazo a torcer, aunque fuesen unos pocos parlamentarios lo que se abstuvieran. Los suficientes para frenar el carro que ahora avanza y amenaza caer en el despeñadero.
Albert Rivera ha sido, por el contrario, consecuente con la irracional situación que vivimos. Aunque se ha quedado corto a nuestro modesto entender. Pese a sus enconadas diatribas contra Rajoy y los populares supo soslayarlas, por lo menos por lo pronto, en aras de llegar a un acuerdo satisfactorio. Ha dejado claro que no desea sillones ni prerrogativas, aunque sí llegar a entendimientos con el partido ganador de las elecciones en materias que se reflejan en su programa y que el presidente en funciones haría bien en aceptar. Lo que no acabamos de entender es su decisión de aplazar hasta la segunda convocatoria la aceptación de la presidencia de Rajoy. Si Ciudadanos decidió al fin abstenerse, ¿por qué no hacerlo patente en la primera votación? Y yendo un poco más lejos: ¿Si no desea que se repitan las elecciones porque no apoyan decisivamente al presidente en funciones, sabedor que si con su ayuda éste obtendría los 170 escaños? A ver quién le discute al PP su derecho de acceder a la gobernanza del país en esa tesitura, aunque sea a trancas y barrancas, algo que se constaría en el día a día del Congreso con una oposición tan extensa como implacable. Rivera, bien mirado, tiene la llave, para la gobernabilidad anhelada. Y está bien que se haga rogar, pero que no extreme su postura hasta el infinito. Sería descabellado para él y su partido.
Rajoy, por su parte, ha deslizado la conjetura de no presentarse a la investidura de persistir la actitud beligerante de sus oponentes. ¿Una argucia para impelerles a apretar filas a su favor?
Por el bien de este país que languidece a ojos vista en lo económico y social habría que rogarles a los intervinientes en el desaguisado que se pongan de acuerdo. Tendrán tiempo luego de enrocarse en el Parlamento en arduas batallas dialécticas arrimando cada cual el ascua a su sardina.
Deberían saber que estamos hastiados de tanto desvarío de unos y otros. Y que a hemos empezado a poner en entredicho la capacidad de nuestros políticos de ahora en sacarnos las castañas del fuego, afirmándonos en el sentir de que todos nos hacen sino bucear en el mar encrespado de la malhadada situación que atravesamos para su provecho personal. Desvarío enquistado para nuestra desgracia.