Serranía de Ronda: castañares en todo su esplendor
La Diputación de Málaga quiere revitalizar los pueblos que, indolentes, perviven en la Serranía de Ronda y la Sierra de las Nieves. Se ha venido hasta aquí el presidente de la Diputación, Elías Bendodo, para dar empuje a la campaña que con el nombre sonoro de `El Bosque de Cobre´, haciendo alusión a los tonos pardos de los castañares que en esta época del año lucen con todo su esplendor ya anuncian prolífica cosecha. El fruto en sazón. Una tradición en estos parajes que pervive desde siglos atrás y que se transmite de padres a hijos con la regularidad que impone la sucesión inalterable de usos y costumbres en el ámbito del terruño serrano. Dinamismo y empleo propugna Bendodo para estos pueblos – Alpandeire, Benadalid, Benalauría, Cartajima, Faraján, Genalguacil, Igualeja…– mortecinos y muchas veces abandonados a su suerte. Empeño loable que pondría freno a la sangría de población en esta comarca que amenaza con postergar pueblos y arruinar haciendas.
En los pueblos del Guadiaro, río que lame las tierras de varios pueblos serranos antes de ir al encuentro amoroso con al mar, siempre hubo familias vinculadas al humilde negocio modesto y familiar de la castaña, ese peculiar fruto del árbol autóctono de la familia de las fagáceas, que ahora, entrado el otoño luce con todo su esplendor.
Se trasladaban a los pueblos en los que los castañares crecían y emperifollaban para en un negocio de trueque que consistían en cambiar de puerta en puerta escobones y escobas por cuartillos de castañas (“Gente de montaña paga con castañas”, dice un proverbio serrano), que una vez tostadas se vendían en las esquinas o de puerta en puerta, “media docena, un real”, que era la usanza de los años posteriores a las décadas del hambre, mediado el pasado siglo. Porque lo cierto es que la castaña constituyó una fuente de alimentación en el sur de Europa, no digamos en España en los años posteriores a la Guerra Civil.
Uno de los recuerdos que guardo indeleblemente de estos días otoñales en los que se estrenan los primeros fríos, que en la zona suelen ser intensos, es la de estos tostones, que sin grandes alharacas se hacían en mi casa de Benaoján. Mi madre, aprovechando una olla desportillada y fuera de uso, agujereaba la base con un grueso clavo y medio lleno de castañas- nunca lleno del todo, ya que hay que removerlas – y la colocaba sobre un fuego vivo de carbón. El olorcillo expandido que acariciaba el olfato era el preludio de la grata sensación de tenerlas en la mano y hacer crujir la piel ya tostada antes de llevármela a la boca.
Los tostones serranos han proporcionado encuentros y felices noviazgos que acabaron en bodas. Las reuniones se celebraban a puerta cerrada en algún domicilio de alguno de los participantes. Se tostaban castañas en el patio y se consumían en el interior, acompañadas de anís o de alguna que otra bebida reconfortante. Los bailes duraban hasta la madrugada o hasta que las brasas del fuego que habían hecho posible el tostón se consumían convertidas en cenizas.
Estas fiestas alrededor de la castaña duraron hasta hace muy pocos años. Las discotecas y los lugares de diversión públicas acabaron con ellas. A los mayores nos queda el regusto de aquellos encuentros festivos que fueron santo y seña de los pueblos de la Serranía de Ronda y de la misma Ciudad del Tajo. Con nostalgia los rememoramos quienes ya llegamos a edad provecta.