Al placer del jamón de bellotas en Faraján
Los pueblos de la Serranía, siempre evocadores merced a sus blancos caseríos y el omnipresente valladar de quebradas sierras envolventes que les otorga particular encanto, se las ven y desean para salir del marasmo económico que desde década atrás- por no decir siglos- los castiga sin indulgencia. Fruto de ello es la diáspora de sus moradores en busca de horizontes más halagüeños para sus vidas. Cerrada la espita de la emigración que desoló calles y plaza la gente del interior se las ve y desea para para ganarse el sustento de cada día. No se amilanaron los habitantes que quedaron firmes en sus casas y ensayaron con éxito diversos medios de vida y, algunos, prósperos y con brillante futuro. Caso de las fábricas chacineras, algunas con un timbre de fama tal que catapultaron sus embutidos a media España, como es el caso de Benaoján o Montejaque, pioneros de esta floreciente industria en la Serranía de Ronda.
Faraján, insólitamente situado en una llanura, siempre observado por las cumbres cercanas y el manso fruir del Alto Genal, celebra el próximo día de la Inmaculada – 7 de diciembre- el VI Concurso de Corte de Jamón, rindiéndose especial tributo a esta parte de la anatomía del cerdo del que como muy bien se dice por los lugareños “gustan hasta los andares”. Hasta aquí se desplazarán quienes mejor manejan el afilado cuchillo – la familia Corbacho brilla en este menester – para desprender de esta joya gastronómica las finas lonchas de forma magistral que revestirán los platos para que los jueces presentes, duchos en estas artes, dictaminen la mejor y más apetitosa.
Bellotas y castañas entran en el día a día del pienso administrado a estos pacíficos animales hozadores que libremente se mueven lejos de las empalizadas de las pocilgas y al amor del beatífico airecillo que de las cúspides limítrofes resbalan hasta las dehesas. Y esto se nota a la hora de llevarnos la loncha a la boca bien acompañada por el pan serrano y el vino de tierra: un manjar de dioses ¡vive Dios!, digno de los más encumbrados sibaritas del buen comer y beber, que a buen saber, se trasladarán en ese día a Faraján para gozar de este suculento bocado.
Dicen los serranos que en la antigüedad en una disputa entre un linajudo hacendado gruñón y cicatero y su porquero, esté le espetó destemplado: ” Echa en un olla tus pergaminos, mientras yo echo en la mía mi jamón y mi tocino”. Nada nos extrañaría que este episodio hubiese tenido lugar en este Faraján que ahora de reviste con aires de fiesta y que da la bienvenida a cuantos se dejen caer por sus andurriales sabedores de que, echando mano a otra sentencia local, “con jamón y buen vino se anda el camino”.