La titánica labor de los corcheros
JOSÉ BECERRA
Como saben, El río que nos lleva es una laureada novela del extinto escritor José Luis Sampedro. Rinde en ella homenaje a los gancheros del río Tajo en su ímproba labor de transportar maderos corriente abajo en un periplo que va desde la Serranía Ibérica, en Guadalajara, hasta Aranjuez. Sortean angosturas y peligrosas corrientes y ponen no pocas veces en duro trance la integridad física de quienes participan en lo que es, más que un trabajo, una aventura con un final que no siempre es venturoso.
Tuvieron su exégeta los corcheros en la persona del escritor y humanista catalán; nos falta alguien de su altura intelectual y descriptiva para que acometa la labor de sacar de las tinieblas para enaltecerla la labor de los corcheros que se dejan la piel bajo el implacable sol de los veranos de la Serranía de Ronda ejerciendo su rudo trabajo.
Suben cada mañana los corcheros de Ronda y Cortes de la Frontera arreando sus animales de carga por senderos imposibles de los montes del término municipal respectivo. Se aprovechan las horas tempranas del día para la penosa ascensión; la reata serpentea por las trochas a paso lento y medido; dura labor les espera y los corcheros son conscientes de ellos, así como el esfuerzo sobrehumano que han de emplear y que mermarán sus fuerzas a medida que las candentes horas del día avancen hasta el halagador declive del sol.
Pasan años y siglos y los corcheros de Ronda siguen subiendo al monte en los primeros días de la canícula, antes que que las calares se intensifiquen y, sobretodo, que pase el tiempo más propicio para su labor. Ascienden las reatas de animales de carga por senderos casi imposibles arreados por quienes tienen como misión desnudar el alcornoque de su coraza de corcho, algo que hacen con el pundonor y ritual de quien arrebata su vestimenta a una vestal que gana gracilidad y gentileza expuesta al amor de airecillo de la sierra.
Oficio antiguo donde los haya, el corchero de Ronda o de los pueblos limítrofes en este quehacer atávico cuya enseñanza se transmite de padres a hijos y se aprende allí donde el monte – destellos de sol atravesando la floresta creando irisaciones antes de acariciar el erial montuoso – se despuebla de presencia humana y el silencio reinante no se quiebra sino por el trino suave de un estornino atrevido o el graznar bronco de un aguilucho que atraviesa el aire con la rapidez de una flecha, espantado quizás por la intromisión de desconocidos en su predio montaraz y celeste.
Pero el corcho rondeño y el de Cortes de la Frontera, más allá de la sublimación de un oficio ancestral con toda la carga romántica que conlleva lo antiguo e imperecedero posee una vertiente económica nada despreciable. Que se lo digan si no a los ayuntamientos rondeño y cortesano y el importante arrimo que significa para sus arcas no siempre boyantes. Más de medio millón de euros vendrán a engrosar el Consistorio de Ronda en concreto con la “saca del corcho” de los Montes de Propio, que en la temporadas actual ha resultado ser de excelente calidad como puede verse en los “patios” donde se exhiben más que se amontonan para que se pueda apreciar lo especial de su textura.
Hachas al hombro, única herramienta empleada hasta hora por mucho que la mecanización trate de imponerse, los corcheros otean en las madrugadas el tajo que les ocupará durante buena parte del día. ¿Serán conscientes de que escriben cada año por estas fechas una de las páginas más sugerentes de la historia de Ronda, la pretérita y la actual, sin que nada haya podido romper ilación entre una y otra?
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No soy autor de la foto.