Galopante cambio de clima
JOSÉ BECERRA
Las imágenes que nos ofrecieron días atrás los medios de comunicación sobre el pavoroso incendio de Portugal, al que ha seguido el no menos voraz de Doñana, ya en nuestro suelo hispano, ha propiciado que suenen las alarmas sobre el peligro que en este verano se cierne sobre el suelo patrio dado la penuria de lluvias que soportamos y las carencias que esta escasez, más acusada cada día, padecen nuestros ríos, exangües y sin vida. Las deseadas lluvias cuando nos visitan obedecen a tormentas que nos traen el líquido elemento, sí, pero de manera borrascosa tal que se pierden sin apenas provecho.
Se habla entre los entendidos de cambio de ciclos, es lo que dicen algunos; otros van más allá y apuntan a un calentamiento del Planeta con imprevisibles consecuencias. El deshielo de los Polos es, por ejemplo, un hecho incontrovertible y claro aviso a navegantes, nunca mejor empleada la expresión.
A nadie con dos dedos de frente se le escapa que España carece de pantanos suficientes y que los acuíferos existentes se cuiden como un don precioso y evitar que las aguas graciosamente recibidas cuando la atmósfera se muestra pródiga en lluvias vayan a parar al mar, que maldita la falta que le hace o se pierdan por caminos insondables en la profundidad de la tierra. ¿Por qué nuestros políticos, a ratos si mal no viene, no se ocupan de este problema candente en vez de enfrentarse en peleas que nada nos reportan a la mayoría de los mortales? Urge un Plan Hidrológico Nacional en la que participen además de las Administraciones públicas, que también, la sociedad civil incidiendo en la necesidad urgente del desarrollo de Planes Hidrológicos de cuenca que hasta ahora brillan por su ausencia o son insuficientes.
Las sierras de Grazalema, arriscadas y multiformes a tenor de un historial geológico convulso, cabalgan sobre las provincias de Málaga y Cádiz y nos dejaron para asombro de la posteridad, además de sus desafiantes alturas que horadan el cielo, simas, angusturas y grutas como la espectacular Cueva del Gato benaojana, que destaca por su extensión lóbrega, la de mayor de Andalucía, por la inmensa población de murciélagos que la escogieron desde la noche obscura de los tiempos para hibernar en ella.
El cambio de clima que ha perece haber sentado sus reales en el ancho solar andaluz se retrasa en las sierras de Grazalema a tenor de las lluvias que recibe a lo largo del año. Desde aquí, contemplándolas en la lejanía, agradeciendo sus lluvias que nunca nos abandonaron del todo me vienen a la mente los versos de García Lorca sobre el líquido elemento que se nos muestra remiso por mor de un clima que parece cambiar de forma galopante:
Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.
Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.
¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!