Foto Diario SUR(Reuter)
Y esto, ¿quién lo paga?
Vaya por delante que las propuestas del presidente Sánchez y del number-one de Podemos, Pablo Iglesias, en principio suenan bien. “A nadie le amarga un dulce”, que decimos por la España del sur, cuando se nos despliega una declaración de intenciones que no puede por menos que entusiasmarnos. Me refiero a la proclama del borrador de los Presupuestos que el Gobierno enviará a Bruselas y que ha originado toda suerte de comentarios, que van desde el ditirambo de la izquierda que los considera justos, a la repulsa de la derecha que los reprueba tajantemente y sin tapujos. Como tiene que ser: para unos justos y equitativos; para otros emponzoñados de fragrante populismo y demagogia barata. Nada nuevo bajo el sol.
En principio nadie podría hacer ascos al aumento del salario interprofesional o destinar más fondos a quienes sufren flagrantes deterioros de su capacidad de subsistencia como los que, entre otros, inciden en la atención a la discapacidad, las becas o en las pensiones equiparándolas con el IPC, una aspiración ésta última que pone en perenne y justo jaque a los que soportan con mayor o menor pesadumbre el inexorable paso de los años entre otras aspiraciones mantenidas por los más desheredados por la diosa Fortuna. La cuestión es de dónde van a salir los ingresos que tales medras exigen para su fiel cumplimiento. Como no podía ser de otra forma las voces de quienes critican las cuentas hechas públicas no se han hecho esperar. La primera del novísimo líder del PP, Pablo Casado, quien ha tildado los presupuestos como “imposibles, irresponsables y suicidas”, en lo que toca al futuro de España. Y ha ido más allá, afirmando tajantemente que si la Comisión Europea no los revoca será el país el que lo sufra en sus carnes.
Los versados en estas cuestiones concuerdan en lo peliagudo de que estos presupuestos cobren realidad, porque esa tesitura pondría en riesgo los parámetros en los que concuerdan el resto de partidas, entre las que no es menor la que se destina, como digo, a las pensiones, hoy en el candelero por su nimiedad que encrespa por días a quienes la reciben.
La pregunta que enerva a quienes sopesan fríamente estos propósitos, tal vez laudables pero de imposible cumplimiento a juzgar por los versados en este menester, es ¿y esto quién lo paga? La respuesta no es otra que la de que lo pagaremos todos indefectiblemente, provocando una recesión que ya se barrunta en la lontananza si no hay nada que tuerza los designios de quienes ahora nos rigen: un brindis al sol en toda regla, que de hacerse realidad hará al país más pobre. Situación que padecerán, ya digo, los que menos tienen, que las empresas poderosas y la banca sortearán el brete y se mostrarán indemnes a las acechanzas, haciéndolo revertir en los que menos tienen.