Ronda gélida
No hizo aún acto de presencia la nieve en Ronda. Pero es de esperar que sin continúa la inestabilidad térmica que ahora embarga a media España, venga a azotar la ciudad y sus pueblos limítrofes como no ha sido raro que ocurra en años anteriores por estas mismas fechas. La ciudad del Tajo se muestra hasta ahora indemne de los azotes de la atmósfera gélida que la sueñe envolver por esta época del año en forma de los copos blanquecinos, un tributo ha de pagar a su emplazamiento arrogante en una alta meseta en torno a la que se alinean las diversas cadenas de montañas que hacen de ella el centro natural de la comarca. Rodeada de un colosal anfiteatro de cumbres, su posición en una altiplanicie, no es raro que la nieve venga a poner albo color en las techumbres de sus edificios.
El manto níveo que hoy por hoy se extiende por el país desde Despeñaperros para arriba no ha hecho aún acto de presencia. Algo que el intenso frío que nos azota de manera inclemente puede propiciar que esto ocurra y sin mucha dilación.El viento gélido que sí se adueña de la ciudad y filtrea con las altas cúpulas de sus iglesias y edificios civiles de más alto porte no es raro que se tiñan de “blanco armiño”, que diría un poeta ramplón, más temprano que tarde.
Todavía no se muestra con todo su furor, que el frío y las nieves no han hecho sino amenazar, pero continúan sin presentar férrea batalla. Primero serán los picos de las sierras, macizos escarpados que anteceden a Ronda por la carretera que por San Pedro la une a la costa malagueña, los que se vestirán son el blanquecino ropaje. No tardarán en hacerlo, que el invierno envió ya sus heraldos anunciadores bien provistos de adargas y afiladas lanzas que aguijonean la piel y entrecortan el aliento.
El `Arunda fortis et fidelis` campea en el escudo de la ciudad de Ronda desde que, mediados el siglo XV, cayera en manos de los Reyes Católicos, que pusieron fin por entonces al reino nazarí. Fuerte y fiel, dice bien en letras de oro. Habría que añadir otros adjetivos menos señoriales, pero igualmente certeros. `Ronda, alta y fría´ también describiría a la ciudad soñada de Rilke. Ronda meseteña, erigida sobre la planicie sin proximidad inmediata de sierras o montes que la cobijen o sirvan de valladar al frío norteño. Cuando se deja sentir, fino y lacerante, rasga la piel como fino bisturí y hiela el aliento.
“Ponte la bufanda y abrígate bien que en Ronda hace mucho frío”, solía decirme mi madre solícita. Cuando pensaba dejarme caer por la ciudad, años atrás, en mi edad impúber, ascendiendo hasta ella desde uno de los pueblos que hacina sus casas a la querencia del Guadiaro, el consejo era necesario y bien recibido. Efectivamente, en días crudos de invierno, en Ronda hacía más frío que en cualquiera otro lugar de la comarca. Titiritaba uno en el Puente Nuevo, seguía la tiritera corriendo de arriba abajo la calle de La Bola y castañeaban los dientes en la estación de RENFE cuando se disponía el regreso. ¡Dios, qué frío hacía en la estación! Lejos todavía el despliegue de carreteras y la utilización de los automóviles un destartalado andén y un no menos desabrido tren prolongaban el frío hasta llegar y refocilarse al amor del hogar.
Me vienen estos recuerdos callejeando por la Ronda de hoy, sumida en el frío que abate a la Península por entero. Como era de esperar, aquí cuando sopla el relente lo sigue haciendo de verdad. Lo confirman los noticiarios que recurren a reporteros que se nos aparecen ateridos, sacudiéndose del gorro los copos de nieve, con un trasfondo blanco y el agobio de quienes tratan de conducir por carreteras cortadas. Belleza y atascos, imprecaciones y jolgorio. Cara y cruz de una situación que en Ronda no es rara pero que no deja por eso de impactar.
El frío relente ha vaciado la siempre bien concurrida calle de La Bola, en la que hay que recalar cada día, casi por obligación, cuando el tiempo no hostiga. El flagelo del frío arroja a los pocos que se aventuran a salir hacia el calorcillo de los bares. Nadie se para delante de los escaparates, el vendedor de cupones de la Once busca aterido la complicidad de los vanos de las puertas y el vendedor de menudencias vegetales, que ya forma parte, por su asiduidad al mismo sitio, de la imagen de la transitada calle maldice el día y levanta el tenderete con prisas y corriendo. Nadie en el estanco de Marcos Morilla, el fiel referente de la vía desde más de un siglo a esta parte.
Ronda desafía el frío a pecho descubierto. No tiene muy cerca, ya digo, las sierras que abrigan a los pueblos próximos. Le cogen lejos las escarpaduras de las sierras de Grazalema, el escudo de Tavizna que protege a Montejaque; las de Juan Diego que acunan a Benaoján, o los Alcornocales que mitigan el acoso gélido en el Cortes de la Frontera señorial. Se alza Ronda soberbia en su meseta y paga cara su arrogancia cuando arrecia el temporal y campea el frío sin trabas ni componendas.