Un editor de vocación en la Serranía de Ronda
JOSÉ BECERRA
Tal vez no se pueda decir que la editorial La Serranía de Ronda, por emplear términos marítimos, haya navegando siempre “viento en popa y a toda vela”, que en su caminar ha venido encontrando a veces ese mar de los Sargazos ( piélago que dificulta el avance de las naves, como saben), que ha ralentizado su marcha desde su fundación décadas atrás. Pero los escollos que han venido apareciendo en su andadura, su fundador, José Manuel Dorado, ha sabido sortearlos con consumada maestría. No se amilanó ante tiempos adversos, y si bien con menor intensidad que en otras épocas anteriores, la editora sigue funcionando: la nave, que nunca se varó, continúa surcando el piélago empeñada en poner en manos de lectores todo lo que es significativo de la Ronda milenaria y los pueblos de su entorno. Es mucho lo que pueden ofrecer de entrañable y enigmático, y el editor rondeño ha sabido trasladarlo, merced a su trabajo de impresor a través de cuidadas ediciones que siempre gozaron de la aceptación de su público.
Ronda y la Serranía que la circunda han dado figuras de relieve para la posteridad: pintores famosos, poetas egregios, escritores de alcurnia… A la relación de célebres rondeños que lograron, en sus diversos menesteres, poner una pica en Flandes, habría que sumar la figura de alguien que ha sabido granjearse la estima por la calidad de los libros que han venido viendo la luz desde muchos años atrás, merced al buen hacer de impresor excepcional. Si escribir exige dedicación y esfuerzos y pone a prueba tanto la imaginación como el docto bagaje del escritor, no menos entrega, sabiduría y buen hacer se requiere para el fiel desempeño del oficio de editor. Son las virtudes estas últimas la que adornan la figura de José Manuel, fundador de la “La Serranía”, una empresa editora que es un referente indiscutible en el quehacer impresor de la provincia de Málaga. No se tenían noticias de que en la ciudad haya existido una editorial parecida, y sobre todo, en el caso de que las hubiese en épocas pretéritas seguro que no alcanzaron nunca la calidad en la edición de libros de que aquí y ahora salen de las linotipia de este editor de oficio y vocación ejemplar. Un trabajo arduo que este editor de vocación ha sabido soslayar con entereza y plena dedicación a su menester, que no ha sido otro que dar a conocer los méritos que de toda índole encierran la mítica Ronda y su no menos afamada Serranía.
Ronda, alta y señorial, no se concibe sin algunos de los aspectos que fueron labrando su trayectoria histórica, social, política y económica. Sin sus palacetes linajudos, recatados conventos, vetustas iglesias y edificios solariegos no sería Ronda, si no otra ciudad ilustre de las muchas que se levantan en el viejo solar de la Andalucía antigua y moderna, pero no Ronda. Tampoco sería la Ciudad del Tajo, ni la del Puente Nuevo, ni la de la Puerta de Almocábar, ni la de los Baños Árabes si algunos de estos monumentos le faltara o no se hubiese recogidos por panegiristas ilustres y avezados relatores de tanta belleza encerrada entre sus murallas o en el largo recorrido de calles y avenidas históricas. Y por supuesto sería otra sin el Templete de la Virgen de los Dolores, la Posada de las Ánimas, la Fuente de los Ocho Caños o el Palacio del Rey Moro y la Mina…, por no mencionar sino de pasada todo aquello que la impregna y da sentido a su genuina apariencia.
De toda esta riqueza monumental y entrañable la editorial La Serraníase hizo eco facilitando la publicación de obras cuyo contenido respondía a ese ideario variopinto y fructífero en sus resultados de dar a conocer a los cuatro vientos cuanto de magnificente se encerraba en la ¨Ciudad Soñada` del poeta Rainer María Rilque, inmortalizada expresión que de tan de manera cierta evoca sus imperecederos encantos.
Otro tanto se podría decir de las verdades y leyendas que se tejieron en torno a sus caminos transitados por avezados contrabandistas y bandoleros célebres, y que hoy componen el caudal mundialmente reconocido que alimenta el conjuro de la Ronda romántica. De todo ello se hizo puntualmente eco la editorial La Serranía dando cabida a los manuscritos de una pléyade de autores oriundos de la Serranía o avecindados en ella, que recalaron en la realidad cambiante e insólita de la ciudad y su entorno.
Historiografía y personajes célebres, gastronomía, costumbres, arte, tradiciones y, sobre todo la descripción de paisajes, senderos, vericuetos y caminos laberínticos e imposibles fueron perfilando el catálogo de una editorial, paradigma de empresa familiar, que trató con la mano de sus autores, de ahondar- y lo logró con creces – en el meollo de la Ronda eterna, impasible al paso de los siglos en estos aspectos, pero cambiante en cuanto lo imponía el desarrollo vivido en los últimos tiempos sin anclajes en el pasado.
Vencidas las dificultades, que no fueron pocas y que llegaron a paralizar su maquinaria, La Serranía, otrora pujante, volvió por sus fueros. Continúa la actividad computadoras e impresoras y el tufillo a tinta se expande de nuevo por sus instalaciones. Los avatares adversos no lograron silenciarla. Que no se doblega fácilmente la vocación de un editor de acendrada vocación y entrega al oficio de manera tenaz.