Una derecha bisoña
No nos referimos, es obvio, a los partidos políticos que se mueven bajo su égida sino a los líderes que hoy por hoy son su santo y seña de cara a los comicios del 28A. Ese advenimiento reciente a regir los destinos de las formaciones políticas de resabios de derechas que ahora han de enfrentarse con los de una izquierda tenaz y persistente denota signos de bisoños en lo que toca a sus líderes respectivos. El relevo que es bueno y muy saludable para el mantenimiento de nuestra democracia, que ya es talluda, después de más 40 años aquí asentada, puede, quizás, ser un hándicap para que las fuerzas alineadas a la derecha, con novísimos líderes a la cabeza, por falta de tiempo hasta los comicios, tengan tiempo para defender sus posturas. Enfrentarse al aparato del PSOE, instalado en el poder hasta hora, puede que sea un tanto a favor de Sánchez y los suyos. Porque emerge una duda que puede ser capital para que las fuerzas en su contra, con líderes novísimos, hayan tenido tiempo de enraizar sus postulados y hayan podido cristalizar sus idearios, entre otras cosas porque una muy buena parte de los españoles es ajena a los debates parlamentarios y quizás no pasen por alto el martilleo constante que desde diversas emisoras, que están en la mente de todos, se hacen un día sí y otro también en beneficio de la tropa de izquierda y en detrimento del de la derecha. En esta formación se alza un aspirante al Gobierno con un corto bagaje en el Partido Popular, a lo sumo ocho meses dirigiendo la nave que quiere enfilar hacia los aposentos de la Moncloa. Es el caso de Casado, cuyo tirón en las encuestas deja mucho que desear no por sus méritos de orador nato y avezado, que los son sin duda, pero que no deja de ser un aspirante sin demasiado bagaje en las lides políticas y en la dirección de un partido de por sí añejo cuanto más que estas se prevén tenebrosas por no decir que a muerte entre los que aspiran a enfrentarse en un campo de batalla y echando mano a resortes poco menos que épicos para batir al contrario.
Rivera, por su parte, deja en el aire la creencia en su sinceridad al afirmar, concluyente al parecer, su decisión de que al PSOE ni agua, incluso si existiera la posibilidad de que sumando los votos obtenidos entrambos fuese factible la formación del anhelado Gobierno. Cierto es que con Inés Arrimada en Madrid tiene Ciudadanos un tanto a su favor para las generales que están al caer, pero ¿tendrá tiempo para explicar los postulados de su partido? Es lo que está por ver, pese al tirón que a favor de su formación se augura en los medios demoscópicos.
Abascal, en fin, comandando a Vox, permitiría un avance sustancial del PP, pero la pregunta es si como le ocurre Rivera, tiene tiempo para convencer a un elector que en un mar de dudas no va a saber a ciencia cierta a quien otorgar su beneplácito.
La incógnita nos envuelve en cuanto a predecir el resultado de unas elecciones que en la lontananza se presentan agresivas y de confusos resutados- ¿cuáles no lo fueron? – por mucho que pronosticadores como Tezanos acrediten el afianzamiento decisivo del PSOE como vencedor absoluto a mucha distancia de sus competidores en liza. Algo que está por ver.