Un Mediterráneo decadente
Se escogió el 8 de junio para celebrar el Día Mundial de los Océanos. A tenor de esta efemérides que nos lleva a concienciarnos de la salubridad que deben ostentar estos espacios nos preguntamos si se toma conciencia de que arrojamos al mar algo así como 8 millones de toneladas de plásticos al año. Horripila el dato, pero es rigurosamente cierto: maltratamos las aguas que nos concuerdan con absoluta impunidad, y por ende atetamos contra la vida de la fauna que en los piélagos habita. Los desechos que vienen a buscar acomodo en el mar inciden en la supervivencia de la fauna que en él mora: se exponen a convivir con la ponzoña que a la larga la quebrantan.
No era necesario que los científicos lo señalaran, que ya se intuía antes de sus estudios pertinentes. El mar que baña nuestras costas orientales, el piélago que fuera testigo de la aparición y evolución de civilizaciones antiguas, tales las de Egipto, Fenicia, Grecia o Roma, entre otros pueblos ensalzados por los historiadores de todos los tiempos, presenta hoy fondos que son un pudridero con tal acumulación de basuras en aguas profundas que clama al cielo: jamás se había avizorado tal cantidad de inmundicias. Todos los desechos humanos van a parar a sus profundidades en donde son refugio y alimentación de la fauna marina, la que se ve obligada mal que le pese a moverse arrastrando tras de sí los jirones de plásticos que se enredan entre sus aletas y zarpas o convivir con toneladas de desechos. La fauna marina se resiente y su procreación languidece habida cuenta que los plásticos perduran en el fondo del mar la friolera de más 500 años. Obscuro se ve su futuro.
Las actividades humanas incrementan de manera notable la salubridad de sus aguas. Destacan en este aspecto, según apunta el estudio científico recientemente realizado, el incremento sin tasa de la pesca en sus aguas, a lo que se une la eclosión del urbanismo sin mesura en sus riberas con la consiguiente degeneración, a lo que pone la guinda el fenómeno del calentamiento global. El turismo nos proporciona grandes dividendos, es cierto, pero conlleva, con la la eclosión de construcciones en su órbita unas exigencia severas mal que nos pese, por mor de disminuir vertidos sin el tratamiento debido a las aguas, y no es otra como que se limiten las construcciones en su litoral, esas que sin la menor cortapisa por parte de quienes deberían poner coto al desafuero, florecieron por doquiera en su ámbito. La creciente ponzoña del Mediterráneo por mor desechos acumulados se agrava a causa de la proliferación de industrias en su torno y un cambio de corrientes que aminora o dificulta el estrecho de Gibraltar. Otro enemigo no menos pavoroso para sus aguas radica en el cambio climático que ya resulta incuestionable y que aumentó de manera exponencial su temperatura. Elemento discordante este último del que está detrás tanto el aumento de la salinidad, parejo a la disminución de lluvias, como el decreciente aporte de aguas de los ríos causados por las obras hidráulicas que jalonan sus cauces.
El litoral de Málaga, sin ir más lejos, está en riesgo. Es lo que apuntan sesudos informes a tenor de la observancia de una concentración desmedida de materias no inocuas en la arena y en sus fondos. Los plásticos arrojados a sus aguas sin contemplación constituyen ya u serio riesgo para la integridad y salubridad de las aguas ribereñas.
Ecologistas en acción apuntan datos que no dejan de ser impactante: la “urbanización sin trabas de contención “es un mal que se hace ostensible en las costas andaluzas. En lo que se refiere al litoral malagueño dan por sentado que se encuentra” completamente urbanizado”, lo que ha incidido negativamente en la salvaguarda de “sus valores naturales”-
A la vista de este mar maltratado me vienen a la mente los versos que al majestuoso piélago le dedicara Rafael Alberti: El mar. ¡Sólo la mar!/ ¿Porqué me trajiste, padre/, a la ciudad/ ¿Por qué me desterraste/ del mar? Es sueños la marejada/ me tira del corazón;/ se lo quisiera llevar. No imaginaba el celebrado poeta andaluz que su anhelado mar habría a de ser tan maltratado y, por ende, que entraría en tan penosa decadencia.