No ha servido el debate al fin que se esperaba: dejar claro a los indecisos cuál habría de ser su decisión y papeleta oportuna para depositar en la urna correspondiente. Anduvo la cosa entre equívocos (“mamadas” )y exhibición de “adoquines”de algunos de los comparecientes en un debate del que se esperaba pudiera despejar las dudas de quienes aún no tienen decidido su voto, pero no se cree que haya servido mucho para contrarrestar esta posible obnubilación y, en su caso, tener claro y lograr un posible destierro de las inquietudes de quienes contemplaron los dimes y diretes de lo participantes: esperaban argumentos más consistentes que pudieran incitarles hacia una dirección u otra.
Sánchez, que por lo general suele ser más pastoso en sus intervenciones públicas se le vio veloz en sus conjeturas, y las más las veces sin levantar la vista del papel que tenía ante sí. Eludió el encontronazo verbal con sus oponentes, pero lo mantuvo con Pablo Iglesias, oponiéndose a sus postulados económicos y al formulario para solventar los problemas económicos que nos acucian sin cuentos.
Pablo Casado acorraló a Sánchez con su pregunta directa sobre su presumible pacto con los independentistas catalanes, después de inquirirle sobre el número de naciones que el discurso del presidente en funciones dejara entrever en una de sus alocuciones. El presidente en funciones se salió por la tangente sin pronunciarse claramente al respecto. Eludió éste en todo momento enzarzarse en diatribas directas con sus oponentes, y se le vio como abstraído en los documentos que tenía ante si en el atril: dio la sensación en sus peroratas de que no deseaba entrar en liza con sus rivales, los cuales le interpelaron con insistencia, las más de las veces sin responder a sus requisitorias e ir a lo suyo eludiendo a los intervinientes en el debate. Se dirigió, sí, sin ambages a Pablo Iglesias, negando abiertamente lo conceptos manidos por este en lo que concernía a la economía del país o al tratamiento de la candente cuestión catalana.
Rivera, adoquín en ristre, atacó sin cortapisas a Sánchez, pero también lo hizo contra el resto de participantes en el encuentro; sus diatribas contra todo bicho viviente como que no cuajaron en el sentir de sus oponentes, pero si crearon el consiguiente malestar en Casado, habida cuenta de que con el el PP comparte gobierno en varias importantes regiones del país, algo que está en la mente de todos.
Santiago Abascal, que se le vio tranquilo en su exposiciones dejó claro su oposición frontal contra el PP y Cs; sus elucubraciones sobre la supresión de las autonomías, o su alegato para declarar como subrepticios a los díscolos políticos catalanes que perseveran en un independentismo a ultranza era lo que cabía esperar: cumplió con su ideario político y sus alocuciones fueron las esperadas.
Iglesias, al que se le vio comedido en sus formas expositivas dejaron a las claras su ideario, ese en el que en el que en diversas cuestiones le alejan del prontuario socialista. Acabar con las puertas giratorias y la creación de una banca pública fueron propuestas que, entre otras igualmente drásticas defendió a ultranza. Otra cosa es que estas propuestas puedan plasmarse aquí y ahora.
En definitiva, un debate que en su transcurso sentó las bases de su inanidad, por lo menos de cara a la ciudadanía que lo esperaba como agua de Mayo por otra deriva de sus protagonistas políticos, para así dar cumplida cuenta de la dirección de su voto. Ese que los españolitos de a pié han de depositar en la urnas correspondientes para ese 10-N que está a la vuelta de la esquina.