No son tiempos para los viejos
JOSE BECERRA
Quienes ya no cumpliremos los 70 abriles porque ya los superamos con creces se vienen considerando a remolque de esa fatídica pandemia que azota a medio mundo como carne de cañón a la que se mira con conmiseración y no poco de miedo. Es lo que se pone de manifiesto por parte de quienes por su edad presumen de poder sortear felizmente los embates del fatídico coronavirus que nos asola. Se nos mira de reojo y con temor en las calles; no digamos en ligares cerrados o en medios de transportes colectivos.
No tenemos por menos que contemplar con espanto las crónicas del día a día que hablan del número de ancianos que por mor de esta fatídica y funesta ola pasan a mejor vida. Es un goteo incesante las informaciones sobre el número de victimas que este malhadado virus está causando en las residencias de mayores, en las que se ceba sin contemplaciones. Las estadísticas de fallecidos por mor del fatídico virus que azota sin contemplaciones a los que contemplan el paso de sus días en una residencia no puede por menos que causarnos horror, cuando no rabia, si se constata que, como se ha venido observando, hay quienes los abandonan a su suerte.
El avance de la sapiencia humana en todos los órdenes de la vida es un síntoma evidente de los últimos tiempos. Se viven más años y si no de forma pletórica en lo que toca a los más longevos, sí es cierto que el periodo de estancia en este mundo se viene alargando de manera evidente, sobre todo en ciertas regiones en los que la economía se muestra pujante. A principios del ya finiquitado siglo XX quienes superaban la barrera de los 50 años se consideraban con los visos de un portento: causaba asombro y admiración. Hoy no provocan estas emociones quienes consiguen columbrar la barrera de los 80 años: se considera normal por parte de quienes siguen prolíficos estudios sobre la prolongación de la vida en nuestros días. Las ciencias y su prodigioso avance han conseguido que se superen con creces aquella barrera que se mostraban infranqueable para la población en épocas pretéritas.
Pero he aquí que ahora somos los que peinamos canas o relucientes calvas, amén de lucir copiosas arrugas en la tez, aún gozando de salud si no excelente si soportable somos objetos de la malquerencia de muchos. Solo hace falta ver el maltrato que muchos vienen recibiendo en ciertas residencias para mayores en donde se den casos espeluznantes vividos por aquellos que por razón de serlo son victimas propiciatorias y vulnerables para el contagio.
La ciencia y sus adelantos prodigiosos consiguieron alargar la vida en los países del primer mundo. Ahora por mor de esta fatídica calamidad que nos asola, a los viejos no nos queda otra que escondernos. Por la edad, hay quien dice con grandes dosis de inhumanidad que ya nos tocaba ausentarnos de este mundo. Olvidan quienes así piensan que los viejos abrigan sueños e ilusiones y que mantienen esperanzas y anhelos. Tienen el derecho como el que más para seguir perteneciendo a este mundo de los vivos. En estas horas de incertidumbre y desazón me quedo con un pensamiento de Miguel de Unamuno que viene como el anillo al dedo en lo que toca a la malquerencia hacia los ancianos: Jamás un hombre es demasiado viejo para recomenzar su vida y no hemos de buscar que lo que fue le impida ser lo que es o lo que será.