En estos tiempos que corren en los que sobre cada uno gravita el miedo a contraer el virus que no se detiene ante nadie, los farmacéuticos han mostrado una labor y un quehacer que no pocos hemos de reconocer y agradecer. Llevan a cabo su labor diaria, que no es sólo la de servir el medicamento que se les demanda, sino que hasta ahora han desempeñado un papel inestimable ante quienes a ellos acuden para conseguir los fármacos prescritos, además de buscar consejos a sabiendas de que, como profesionales de la salud, sus precripciones vienen a menguar las carencias de información de los profanos, sobre la problemática que nos acosan en los tiempos tan difíciles como catastróficos que nos ha tocado a vivir. Una labor impagable que llevan a cabo tras el mostrador y ante las incertidumbres que no son pocas de quienes ante ellos llegan, no sin el miedo reflejado en el rostro.
No es solo el trabajo de quienes de uno u otro sexo poseen el título acreditado, el de atender a quienes hasta la botica de turno se acercan en busca de su medicamento prescrito por el médico de turno. También, y en no pocas ocasiones, atienden a la clientela prodigando su saber hacer en lo que la salud del cuerpo se refiere; nos ofrecen indicaciones y consejos tanto a lo que atañe al cuerpo como a la mente: saben de dolencias, pero también de psicología, y la ponen en práctica en su trato con los que se acercan al mostrador en busca del medicamento prescrito: les informan y aconsejan en las no pocas ocasiones en las que el enfermo se ve desorientado o confuso. Han sabido sortear el acoso de la pandemia, y su serenidad y buen hacer no pueden por menos que agradecer quienes en estos días aciagos se han acercado al establecimiento que atienden en busca de ese “bálsamo de Fierabrás” que vendría a poner alivio a sus dolencias.
Sin echar en saco roto sus propios temores e incertidumbres, han sabido coger el toro de la epidemia por los cuernos para mejor servir a quienes se acercaron a ellos buscando consejos médicos para el cuerpo y alivio para la mente, no pocas veces zaherida por la ignorancia y persistencia de la enfermedad de la que todos sabemos poco y que podía acecharles al salir y doblar la esquina para darles el maléfico zarpazo.
Han sabido sortear los farmacéuticos los embates mortíferos de la pandemia, y les cupo la suerte de que nadie de la profesión sufriera en sus carnes sus tentáculos, algo de lo que profundamente nos alegramos cuanto que hemos recibido de ellos consejos y prédicas para eludir las acometidas del enemigo común e implacable, que todavía nos mantiene con un miedo visceral metido en el cuerpo.
Obligado es resaltar la labor de los farmacéuticos de pueblos del interior. Han constituido el asidero de todos aquellos, los más, que acudían a la farmacia y eludían el consultorio médico ante el temor al contagio. Aquí, en la farmacia de pequeñas localidades, encontró la vecindad el asidero fiable para exponer a personas que conocían de siempre sus fundados temores. Encontraron lo que pretendian: consejos, maneras de actuar ante el enemigo común y formas de presentarles batalla. Una labor encomiable, un asidero consistente que encontraron quienes se vieron sumidos en el horror y sin saber a donde acudir en tan aciagos momentos.
Una labor, en fin, eficaz y callada que no tenemos por menos que agradecer y exaltar como se merece.