Quienes ya lo dieron todo y siguen haciéndolo para el bien de sus descendientes, después de haber visto como transcurrían sus vidas desde décadas de existencia atrás con no pocas privaciones y muchas dificultades, se encuentran ahora nuestros mayores de cara a ese malhadado virus que les amenaza y que no tiene por menos que hacerles ver su debilidad e indefensión no pocas veces rayana en el terror. Este temor les es común a todos quienes ya agotan sus años de vida, pero es sobremanera intenso para aquellos que se han visto abocados a vivir en residencias de mayores por las más variadas razones: en ellas, con la pandemia generalizada, se debaten en la soledad y ven cómo se agranda el espectro de la muerte, cuyo aleteo a su alrededor se viene haciendo más evidente y siniestro en estos momentos en los que les ha tocado vivir.
No contaban ya conque estos funestos momentos vendrían a acongojar los pocos años que dan por hecho subsistir. No son pocos ni leves los males que aquejan a nuestros mayores: enfermedades enquistadas, memoria deficiente, achaques sin contención; y por encima de todos ellos,la soledad, ese mal inevitable que planea sobre sus cabezas, que puede que sea que la de mayor enjundia. Un paroxismo de los males que acarrean la edad, acrecentados no pocas veces a causa de problemas familiares, tales los económicos que, por propia voluntad se obstinan en no sortear. Se entregan en cuerpo y alma al bienestar de sus nietos porque ve en ellos una continuidad de su propio ser ya exhausto y marchito. Entienden, en fin, que su vida se desmorona, que el final se vislumbra cercano y que su vida se les escapa a borbotones. Y lo asumen, no sin lágrimas contenidas, no sin un pesar escondido por el no ser que ya se les aproxima sin ningún freno que lo pudiera impedir.
Dicen nuestros mayores que no les aflige el espantajo de la muerte. Tal vez sea esta certeza un asidero que encuentran para zafarse de las angustias del vivir cada día cuando se ven obligados a residir en lugares que, por muchas atenciones que reciban, ni de lejos pueden sustituir al propio hogar, o en su lugar en el de sus hijos y nietos. Lo dieron todo por ellos y ahora, lejos del hogar de sus seres queridos, aunque se muestren valientes y presenten cara al futuro, no pueden por menos que añorar la presencia en su alrededor de sus seres queridos. Un sinfín de experiencias difíciles de remontar vinieron a recaer sobre ellos a lo largo de su existencia, en buena medida a causa de no poder remontar sin desasosiego las dificultades que afloraron por doquiera.
No fueron las menores las circunstancias económicas adversas que hubieran de capear poniendo en juego tesón y voluntad para capearlas con acierto. Estas vicisitudes que asolaron las vidas de nuestros mayores no deben de escapar a la atención de quienes ahora rigen sus destinos desde el campo de la política. Sería un contrasentido cuando no una iniquidad que desde estas altas instancias se echaran en saco roto lo que legítimamente les corresponde, entre otras exigencias las que imponen la enfermedad llegada ese momento álgido de su existencia, así como una muerte digna y sin quebrantamiento de una exigencia que se impone por derecho: el de no morir solo y sin poder sentir a su lado una voz familiar que venga a hacerles llevadero el trance de abandonar este mundo.
¿Que se puede hacer en esta tesitura quienes tenemos cerca un familiar cuya vida languidece a ojos vista ya sea en el propio hogar o en la residencia de turno? Algo tan sencillo y reparador para su vida ajada como darle compañía en estos días aciagos que vivimos. Aliento y el procurar alejar de su mente las dudas y los miedos. Hacerles ver que nos tienen cercas y atentos a sus achaques y temores, estos últimos acrecentados en estos días que corren. Y, más que nada, para alejar de ellos el espantajo de la soledad, la principal enemiga que en estos días de pandemia; y hacerles ver que nos tienen cercas y dispuestos a tenderles la mano en estos aciagos momentos.