Si hay una aspiración compartida en todo el mundo es conseguir más pronto que tarde que nos vacunen contra ese mal que nos aterroriza y asola, y que ya no es necesario mencionar porque su solo nombre nos hace temblar. Pero en esta pretensión por conseguir que la substancia salvadora venga a sacarnos del impasse en que nos debatimos, unos, por lo visto, llevan la delantera sobre otros; a saber, los más despabilados vienen recibiéndola antes que quienes por estados comatosos, se ven obligados a esperar, echando por tierra esa pretensión, justa y razonable, de sobrevivir en ínfimas condiciones, ya sea por su edad o por enfermedades concomitantes con los años que soportan sus espaldas y no menos atosigante salud depauperada.
Recibir la vacuna de manera fraudulenta debería sonrojar a quien, pisoteando el derecho del que está por delante, ya fuese por razones de edad o estado poco menos que comatoso, accede a ella sin que le corresponda y con el menor atisbo de lo que debería ser un principio de equidad insoslayable. La cacicada de quienes se saltaron las reglas, obviando una justa apreciación de quienes habían de recibirla en primer lugar, mucho es de temer que pesará como una losa en el devenir de su estancia en este mundo, por mucho que intente revestir su abyecta acción con los solapados atributos que tengan a mano.
Atravesamos momentos tan históricos como terroríficos en los que se demuestra un sentir propio de humanitarismo y solidaridad entendiendo que deben recibir primero la vacuna aquellos que en primera línea hacen caso omiso del peligro que corren exponiendo sus vidas a los zarpazos del virus mientras ayudan sin treguas a los infortunados que ya se debaten entre la vida y la muerte por sus fatales mordeduras. Y hacen gala al mismo tiempo de un humanitarismo a ultranza exponiendo sus vidas en defensa de la de los demás. Lo que nos lleva a pensar, cuando menos la ausencia de sensibilidad y honradez quienes impropiamente recurren a subterfugios para recibir el antídoto salvador antes de corresponderle.
Hoy por hoy se tiene por seguro que esta tercera ola del virus que asola tiene sus raíces en la “relajación de las medidas de restricción durante las Navidades”. Es unja realidad que casi nadie pone en duda. Como lo es al aserto de quienes, en el caso opuesto, aprovechan su situación relevante en la política y contra todo comportamiento solidario y sensible hacia el prójimo, han tratado de adelantarse a recibir las vacunas cuando aún no les tocaba en detrimento de quienes por ley y obligado cumplimiento de las normas les correspondía. Unas decisiones a todas luces subrepticias y carentes de un mínimo talante humanitario.