En estos procelosos tiempos que nos ha tocado vivir por mor del malhadado virus que Dios confunda no son pocas las miradas que tienden hacia el interior de la provincia de Málaga y lugares en donde haya pasado de largo sin osar atacar a la vecindad. Al parecer, así ha ocurrido en un pueblo del interior provincial, asentado al borde la carretera que comunica la comarca con poblaciones circundantes.
Se asienta desde tiempo inmemorial en un paraje atrayente, flanqueado por los ríos Guadiaro y Genal, y cercano a la carretera que une Ronda con Algeciras. Hablamos de Atajate, que estos tiempos de pandemia se alza como un lugar seguro indemne a los zarpazos traidores del infumable virus. La ponzoña maléfica le ha hecho un quiebro al pueblo y sus habitantes pueden presumir de que pasó de largo de sus inmediaciones sin someterlos a sus terribles acechanzas.
¿Habrá tenido algo que ver su asentamiento entre los antiguos reinos fronterizos de Sevilla y Granada y los restos de la torre de Santa Cruz que data desde los tiempos de la ocupación árabe? Chi lo sa?. que dijo aquel. Lo cierto es que Atajate es el único pueblo de la provincia malagueña en el que se puede respirar a pleno pulmón sin temor al flagelo del bacilo traidor. Hacia él se vuelven las miradas de media Andalucía. Si hasta ahora era mirado con delectación por aquellos que añoraban pueblos y paisajes lejos del tumultuoso vivir ciudadano, pero que, por sus pequeñas dimensiones eran motivos de rechazo por las poblaciones bulliciosas de su entorno, ahora sí se vuelve la mirada hacia su entorno privilegiado, indemne a los ataques del vacilo traidor, lo que no es poco.
Para sumergirnos en un mundo de quietud y silencio es difícil que encontremos otro lugar en la provincia malagueña como este pueblo. Recostado al borde la carretera que comunica el inicio de la comarca con Algeciras, se acomodó Atajate en un paraje en declive que conforma el paisaje agreste que le rodea. Colmatado por colinas arboladas que sirven de contrapunto a un fondo gris de altas colinas el pueblo se recuesta amorosamente sobre una vaguada, la cual se nos antoja lo arropa y resguarda con mimo maternal.
Su pasado prehistórico no deja de ser significativo: lo atestigua de manera fehaciente los hallazgos en su término municipal de objetos ancestrales entre los que descuellan hachas y otros artilugios de piedra que bien podrían haber servido para la defensa de sus habitantes en tiempos pasados borrascosos. Corroboran además este pasado remoto los hallazgos de monedas y utensilios de cerámica que hoy se conservan como oro en paño. Restos arqueológicos a los que hay que sumar construcciones como los restos de una fortaleza árabe que campeaba sobre un cerro cercano a las casas del pueblo y que los naturales del pueblo denominan “El Castillo”.
Pese al ínfimo número de habitantes – no llega a los 200- sobresale el pueblo por la existencia de modestos edificios que en su día lucieron fachadas de dieciochescas trazas. Data, en efecto, del siglo XVIII la iglesia de San Roque, aunque son visibles las reformas llevadas a cabo un siglo después, que hablan a las claras de un barroquismo asentado en su estructura.
Otro lugar que no debe pasar por alto quienes visiten el pueblo ocasionalmente, no digo los que aquí se sienten atraídos por el lugar huyendo de la quema de las ciudades populosas, es la Fuente-Lavadero. Una construcción liviana pero convenientemente techada que fue lugar de encuentros de las féminas de los pueblos quienes, además de lavar sus ropas, servía para traer a colación cuanto de interés venía ocurriendo en el pueblo, además de cotilleos y de no pocas críticas exacerbadas de todo lo que de manera novedosa incidía en la vecindad.