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José Becerra

La provincia a vuelapluma

Publicidad machacona e insoportable

La publicidad es necesaria. Nos informa y nos mantiene el día en cuanto a eventos, artículos de consumo, lugares para visitar y un largo etcétera. Pero sin apabullarnos. Convendrán conmigo que no deja de ser atosigante e insufrible cuando reiteradamente nos torpedea el cerebelo cansinas indicaciones machaconamente repetidas que llegan a exasperarnos, lo suficiente como para empujarnos al dar el cerrojazo al medio televisivo o radiofónico del que se esperaban informaciones que podrían interesarnos o espacios que podrían entretenernos.
   Es archisabido, que las cadenas televisivas subsisten merced a la publicidad. Hay que darlo por sentado: en caso contrario difícilmente, cuando no imposible, podrían subsistir. Sin embargo, hay quienes claman por contrarrestar su predominio en los medios, sean cuales sean, en detrimento de otros espacios que sí vienen a informarnos fehacientemente de cuanto ocurre en el mundo o en lo más cercano de la región o ciudad en las que habitamos. Publicidad sí, pero no que sobrepase con creces y de manera desmedida al resto de la programación de los diferentes canales.   
   Que levante el dedo quien siguiendo un informativo o la trama de una película no se subleva cuando, suspendido el ánimo en lo que se le ofrece, ya sea una trama bien hilvanada o un informativo, aparece en la pantalla quien nos anuncia aquello de “volvemos en unos minutos. Minutos que se alargan sin la menor consideración y sufren quienes, como digo, seguían interesados en un tema o una película aquello que de golpe y porrazo se volatiza. Inunda la pantalla una retahíla de anuncios que ni nos van ni nos vienen, pero que dejan en suspenso el hilo de lo que habíamos estado siguiendo con interés en la pantalla.
   No nos vale que cambiemos de canal, ya que ¡oh, sorpresa! encontramos con otra tanda de publicidad inmisericorde. Algo que nos hace pensar que quienes manejan los hilos de uno u otro canal se ponen de acuerdo para dejar al televidente con un palmo de narices sin que le valga la treta del cambio que se pensó era oportuno.   
   Se impone que las televisiones privadas se sometan sin tapujos a una regulación por la que claman los televidentes que vienen sufriendo la afrenta, que lo es en toda regla, y sus asaltos desmedidos que se cuelan cada vez con mayor intensidad en los hogares españoles. Imponen su ley en los ciudadanos que no tienen otro medio de escapar del asedio que apagar su televisor en espera de que pase la chorrera inmisericorde de los anuncios.

La regulación de la publicidad se impone y más temprano que tarde es de suponer que así se hará por quienes manejan los hilos de las cadenas en beneficio del sufrido espectador que no pocas veces se ve en la necesidad, como digo, de apagar su tele apabullado por una retahíla implacable de anuncios que ni les va ni les viene. Se pregunta uno si las marcas de los productos que se anuncian de manera incansable son conscientes de que los sufridos espectadores, entre los que me cuento, en una gran mayoría, lo que hacen es apagar su aparato televisivo o irse a la cocina a merendar o cenar haciendo caso omiso de lo que se anuncia sin control y repetidamente hasta la saciedad. Pasamos lindamente de ese acoso ostentoso.

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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