En los corrillos que se forman al calorcillo ya primaveral que empieza a calentar en la provincia de Málaga la pregunta rebota de uno en otro: es el tema obligado de conversación.
La respuesta a esta pregunta, después de lo que está sucediendo Chipre y de lo que queda por suceder es ambigua. Puede que sí, puede que no.
Cierto que España no puede compararse con el pequeño país ( tercera isla en importancia del Mediterráno), que ahora es un hervidero social cuando sus habitantes ven que sus ahorros amasados con “sangre, sudor y lágrimas” están en el alero, en razón al mordisco que, por imposición de Bruselas, pueden darle, y en el peor de los casos que no dispongan de ellos, los que queden, a su libre voluntad. Cierto que España se encuentra en el elenco de las primera potencias económicas del mundo. Cierto que la política – ¡ay, los políticos – es bien distinta.
Pero con todo eso no de puede afirmar a machamartillo que los nubarrones pasarán de largo por nuestro suelo patrio sin el estruendo de la tormenta. Sonarán los truenos si lo bancos siguen empeñados en negar el pan y la sal del crédito a las empresas, con el consiguiente aumento del paro que ya acaricia cifras terroríficas. Y si no -y esta es una cuestión de mayor peso – se acaban de embridar a las comunidades autónomas, que continúan gastando, muchas veces en bagatelas y duplicidades más del dinero que disponen. Y, claro, si no se alivia la atosigante presión fiscal.
El Nobel Paul Krugman, que tiene fieles adeptos y furibundos detractores, ya vaticinó meses atrás un `corralito´ para España, al mismo tiempo que aseguraba el fin de la eurozona. Seguramente exageraba en su artículo, publicado en en New York Times,El ocaso del euro. Sin embargo algún crédito habría que concederle a sus augurios, aunque sólo sea para mantenernos vigilantes y espolear a nuestros políticos a que encuentren el camino para evitar tamaño desastre.