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José Becerra

La provincia a vuelapluma

Un Dios para andar por casa

            España Turismo Rural Hotel Rural Dehesilla *** Benaoján-ronda

 

         

Estos días primaverales, tan propicios para el paseo y el retraimiento, se muestran proclives para  la reflexión. Recluido en  una apartada casa de campo, suelo bajar cada tarde en busca la sombra de una higuera desposeída ya de sus frutos pero acogedora como en pleno verano. En  mitad de  una desolada extensión campestre, otrora ubérrima y ahora abandonada como es esta Dehesilla benaojana, a un paseo largo de Ronda, llego a la conclusión de que los mejores momentos de la vida se consiguen, no culminando grandes objetivos, ni exigiéndole mucho a la existencia.  Y, sobre todo teniendo fe en un Dios, que siendo eterno y omnipotente, se ocupe de las cosas de andar por casa.

   Nadie es feliz para toda la vida. Se puede estar en paz consigo mismo, no ser envidiado ni envidioso,  vivir con sosiego ni quebrantos la propia existencia, no andar tras quiméricas ilusiones, conformarse con lo que se tiene sin ambiciones estrambóticas, o sea, completar todos los ingredientes para vivir colmado de felicidad; pero ésta nunca se aprehenderá de forma plana, concreta y eterna.

Es cuestión de ley; de ley natural. No apodemos aspirar a la felicidad íntegra y para siempre porque sería ir en contra de eso tan reconocido y universal  como es la imperfección humana. Esta sí que es eterna y omnipresente. No; la felicidad sólo  podemos conseguirla a ratos, hay que conquistarla, o mejor, se deja conquistar para que disfrutemos de ella sólo  por momentos. Y casi siempre suele estar detrás de las cosas, que en una superficial  mirada, se nos antojan de las más baladíes.

   Tampoco la desgracia es para siempre. Vivimos momentos de pesadumbre, de temor, de angustian y pensamos que el cielo se derrumba a nuestros pies. Pero también la infelicidad es pasajera, no dura lo que toda la vida. Cuando la desgracia, como horrísona tormenta se cierne sobre nuestras cabezas y lo vemos todo negro, de pronto ¡paf! Y todo se aclara. Los nubarrones se dispersan como por arte de magia, la más grata de las sensaciones nos envuelve; tras unos instantes todo vuelve a brillar, a ser hermoso y agradable. ¿Qué ha podido ocurrir?.

A lo mejor, lo más simple, lo más cotidiano, lo que se nos ofrece a la vista sin apenas esfuerzo por nuestra parte: una puesta de sol, un amanecer grandioso, la sonrisa de un desconocido, el abrazo de la persona amada, el gozoso parloteo de un niño, el fluir lento de una fresca fuente que en la soledad de los campos nos calma la sed, los sones cadenciosos de una balada musical o los espléndidos acordes de una sinfonía triunfal.¡ Cuántos estados de ánimos decaídos no habrá levantado unas suaves  notas mozartianas, un vibrante  allegro de Bach, o una conmovedora aria en la voz de Pavarotti o en la de María Callas, tan cálida! ¿Y que decir de la lectura de un buen libro a la luz y el calorcillo de unos leños ardiendo en la paz de una silenciosa morada?

    Las pequeñas cosas. En ellas reside el secreto de la felicidad. Una felicidad momentánea, efímera, pero que es la única a la que podemos aspirar.

     Pienso que, como en la antigüedad griega, en donde convivían en el Olimpo diversos dioses como el de la guerra (Marte), o el comercio (Mercurio); el del amor(Eros) y el vino (Baco); de la luna y la caza (Diana) entre otros que eran invocaciones de la mayor parte de los terrestres y que canalizaban sus sentimientos y el estado de ánimo de cada momento, hoy – siempre – han existido dioses sin nombres pero con funciones específicas como hace miles de año en la antigüedad clásica. Para mí posee especial relevancia el Dios de las Pequeñas Cosas. Es un Dios desconocido para muchos pero de cuyos benéficos influjos todos se benefician.

    La felicidad de las pequeñas cosas no es una meta que nos debamos proponer. Hay quien busca la felicidad en el amor, en el dinero, en el poder. Pero esta es otra felicidad, que no debe interesar, ni de hecho interesa, al ciudadano de a pie de buena conciencia, de sabio juicio. La felicidad de las pequeñas cosas viene por sí sola; nos llega como si hubiésemos sido tocados por la varita mágica de un hada vaporosa. No la invocamos, pero allí está en el momento menos esperado. Todos hemos sentido su hálito, su presencia, aunque la serenidad y la paz –la  felicidad – que en esos instantes nos envuelve nadie   a qué achacarla. El Dios de las pequeñas cosas, Señor de andar por casa, que nunca descansa, nos deja entrever por breve espacio de tiempo su Reino. Sobre todo en estos días de rutilante primavera, sumido en un paisaje tan sugestivo como el de la Serranía de Ronda.

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Sobre el autor

Nacido en Benaoján, 1941. Licenciado en Lengua y Literatura Española por la UNED. Autor de varios libros. Corresponsal de SUR en la comarca de Ronda durante muchos años.


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