Save the Children apunta a España
El informe de la ONG es demoledor en lo que se refiere a España. Nada menos que uno de cada tres niños de nuestro país permanece en estos tiempos borrascosos que nos ha tocado vivir en riesgo de pobreza. Constata el alegato ‘Pobreza infantil y Exclusión Social en Europa’, hecho público días atrás, el cual no puede por menos que remover las conciencias, un dato alarmante: alrededor de 3 millones de niños “con nombres y apellidos” padecen esta situación, casi el 33% de la población infantil española; un testimonio terrible que no deja de sobrecoger.
Hace hincapié la organización que defiende a ultranza los derechos del niño que esta calamitosa situación infantil tiene sus fundamentos en el bajo nivel de empleo de los progenitores y la consecuente merma de los recursos de los más elementales medios materiales de subsistencia: la exclusión social de este segmento de la población nos coloca en una situación reprobable, tal es que España sea el segundo país de la UE =Grecia es el primero = donde para erradicar la pobreza infantil, esa lacra, las políticas sociales son las menos eficaces. Las ayudas a este tenor están a la cola de Europa, lo que no deja de ser una ruindad cuando se despilfarran desde las administraciones públicas ingentes cantidades de dinero con fines inconfesables, realidad ésta que a pocos escapa.
De esta cruel evidencia se hizo eco semanas atrás Cáritas Española, pero el ministro Montoro, tan locuaz él, pretendió desmontar esta afirmación alegando que no se ajusta a la realidad y que serán solo las políticas económicas que defiende el Gobierno las que facilitarán la mejora de la población infantil, ampliada hasta los 18 años, la que logrará contrarrestar el problema. Evidentemente, el ministro de Economía pare estar en otro mundo y niega la realidad que vivimos aquí y ahora.
“Lo que se des dé a los niños, los niños darán a la sociedad”. Así de tajante se mostró el psiquiatra y escritor estadounidense Karl A. Menninger, quien de estas cuestiones debía saber lo suyo. Mucho antes, William Shakespeare, profundo conocedor del alma humana, puso el dedo en la llaga: “Lloramos al nacer porque venimos a este inmenso escenario de dementes”. Juicios, uno como otro, incontestables.