Ha llegado tarde, pero parece que está llegado. Dicen en mi pueblo, gente serrana y socarrona, que nunca es tarde si la dicha es buena y los populares han decidido dictaminar con energía sobre las personas o entidades que gozan de algún fuero en materia de jurisdicción o de ciertos privilegios, o sea sobre los aforados que en el país conforman legión.
Nada menos que 17.600 en cifras redondas y elocuentes, que en el caso de enjuiciamientos disfrutan de unas prerrogativas que para sí quisiéramos muchos, entre otras las de ser juzgados exclusivamente por el Tribunal Superior de Justicia o en su caso por el Tribunal Supremo en tiempo y forma que sean razón. Una inmunidad a la que se acogen, por ejemplo, los parlamentarios tanto nacionales como de las administraciones autónomas, que tendrá su razón de ser pero que no deja de levantar ampollas entre el común de los mortales a los que se les exige responder ante los tribunales ordinarios.
La pretensión es que la cifra de aforados sobrepase en muy poco una veintena de personas, además de la Familia Real. O sea, los presidentes del Gobierno, el Senado y las Comunidades Autónomas. Tachón para ministros y parlamentarios, entre otras instancias que gozaban de la sinecura.
Anda diciendo por ahí que el partido ahora en el Gobierno le ha visto las orejas al lobo (también las vio y en mayor medida si cabe el de la Oposición), algo que se hizo patente en las elecciones europeas últimas.
Es un clamor que la desafección hacia los políticos ha tomado la calle: se desconfía y se ponen en entredicho sus soflamas. Tanto es así que Rajoy ha querido poner pies en pared sumando esta inactiva política (de la que acaba de vocear el ministro Ruiz Gallardón), sumada, entre otras, a la de elección directa de los alcaldes, cuando ya se otean en el horizonte los comicios municipales de 2015, a la vuelta de la esquina, oiga.
Lo que se quiere dejar claro es que se están dando los primeros pasos para la regeneración política y un posible apalancamiento de nuestra no muy vetusta democracia que viene haciendo aguas por todos lados en los últimos tiempos. Cuanto más que el susodicho aforamiento en tal magnitud es exclusivo en España y desconocido en el resto de los países europeos con los que nos codeamos para bien o para mal.
La pregunta es si estas proposiciones al hilo de las elecciones que se aproximan no serán sino una cortina de humo para obnubilar a quienes se ven inmersos en el desencanto y el escepticismo provocado por una retahíla de promesas incumplidas. Como dicen los viejos de la Serranía rondeña, a los que no me canso de traer a colación por su sabiduría, “cuando uno dice que está de acuerdo en principio con una cosa quiere decir que no tiene ni la menor intención de llevarlo a cabo en la práctica”.