No es rara la vista de un contendor de basura ardiendo en la esquina de una calle o una papelera despanzurrada en un paseo público. La mano del vándalo en cuestión es alargada y no se para en ningún sitio ni respetada nada. Muros y fachadas que se ennegrecieron con los desmanes del grafitero de turno, el mismo que quizás vuelva a atentar contra el blanco impoluto merced a costosas pinceladas, a dejar de nuevo su impronta de garabatos infamantes. Medio millón de euros salieron de las arcas del ayuntamiento de Málaga el pasado año para reparar el desaguisado provocado por estos descerebrados enemigos del orden y quebrantadores de normas establecidas para la normal convivencia.
Horror vacui es una expresión que en arte significa pavor a dejar un lienzo sin su completo relleno, y en psicología la necesidad de llenar la vida con ideas, pensamientos o cosas materiales o etéreas.
Los grafiteros trasladan ese horror a los muros impolutos para dejar con total impunidad su firma o su grafía soez. Y así a los desperfectos del mobiliario urbano se unen estos manchurrones que afean y desprestigian una ciudad a la vez que zahieren a los ciudadanos normales, que por fortuna son los más. Urge poner coto a estos desmanes con medidas coercitivas e implacables.