El turismo rural ha tomado cuerpo en los pueblos de la Serranía, sustituyendo a otros modos de vida que sufrían de marasmo o mostraban decaimiento pronunciado como la agricultura o la fabricación de embutidos, hasta hace muy poco tiempo puntal económico que soportaba el peso de centenares de familias.
Cortijos abandonados, molinos de agua carcomidos por el tiempo y viejas almazaras se transformaron en atractivos lugares de aposento y recreo que atraen cada vez más a gente ansiosos de la paz de los campos y la belleza de los paisajes. Como el Molino del Santo.
Contemplar cómo muere la tarde cuando el sol declina y apacigua su ardor tras las crestas de la sierra de Libar (en sus entrañas se perfiló con lentitud de siglos la cueva de la Pileta), es una delicia recomendada para la estación. Rodeado de lujuriante vegetación y con el apagado sonido del Cascajal próximo como fondo en su lánguido discurrir hasta el río Guadiaro, es lo que nos brinda la terraza del Hotel Molino del Santo, en Benaoján.
Sus modernas instalaciones y piscina son ya un obligado referente para quienes opten por unas vacaciones en la Serranía de Ronda y el disfrute de unos de sus rincones más apetecibles. Una relajante velada en contacto con la naturaleza y lejos del “mundanal ruido”todavía es posible.
El Molino del Santo respetó en sus sucesivas ampliaciones la arquitectura popular y guardó con suma cuidado el sabor añoso de un antiguo molino molturador de aceitunas. Las enormes piedras (muelas), junto a las tinajas que en su día sirvieron de recipiente al aceite y las acequias por donde se deslizó el agua como fuerza motriz, son motivos de decoración del hotel y envuelven el ambiente en un clima de añoranza de tiempos pasados y antiguos menesteres del pueblo.
Es la percepción que se mantiene desde una terraza en la que disfrutar de buena mesa o del alivio que proporciona una bebida refrescante mientras se contempla un paisaje incomparable.