“No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados”. No es mía la cita, sino de Anneo Séneca mucho antes de que Cristo viniera al mundo, pero es válida para los tiempos que corren.
Siempre nos entristecieron el hambre y los estados misérrimos que contemplábamos en los medios de información y que asolaban los países mal llamados del tercer mundo condenados a soportar la infamante lacra.
Ahora comprobamos para el aumento de nuestra consternación que la miseria y el hambre se instaló en nuestras ciudades, en nuestros pueblos, y, en muchos casos solo nos separa de esas situaciones calamitosas lo que ocupa el ancho de un tabique. La angustia y la exasperación habitan al otro lado. No hay que irse lejos para percibirlas, están aquí, en Málaga y su provincia , y es de agradecer que los medios de comunicación se hagan eco de esas situaciones extremas.
Los nuevos pobres forman ya legión. Lo componen una muchedumbre silente, doblegada, sin trabajo, que de noche a la mañana, se han visto desahuciados de sus viviendas y malviven en casa de familiares o como pueden. Son asiduos de los contenedores colocados a las puertas de las grandes superficies comerciales. Se disputan los desechos, a veces espantado a los perros que también acuden al manjar, y, vergonzantes, forman colas a las puertas de la delegación de Cáritas más próxima, esa institución que nunca se le podrá agradecer bastante el bien que prodiga.
Transitan por nuestra ciudad y pueblos como fantasmas sin meta ni objetivo. Llevan dentro de sí el sentimiento de la injusticia, la amargura del desamparo. ¿Hasta cuando? Puede que, para nuestro pesar, vaya para largo. Ya lo sentenció Gracián: “Las necedades del rico son aplaudidas, cuando las exigencias del pobre no son escuchadas”.