A veces se toman decisiones sorprendentes por los políticos que supuestamente nos tutelan. Como la tomada por el Ayuntamiento de Málaga, reverdeciendo una ordenanza que data de 1985 y que perseguía bajo sanción silenciar a los vendedores de los mercados. Ahora la penalidad se ha multiplicado casi por 100.
Era una ley que se había venido obviando por ser un ataque frontal a una tradición que ha imperado siempre en estos espacios públicos. Se entiende que los comerciantes, como ahora se exige además, mantengan limpio el suelo y los pasillos y que cumplan estrictamente con las exigencias higiénicas de los productos y se observen fielmente lo reglamentado sobre precios sin subterfugios para beneficio ilícito.
Pero acabar de un plumazo con los alegres voceos animando a la gente a comprobar las excelencias de los géneros lo vemos cuando menos exagerado, cuando hay tanto que perseguir y multar en la ciudad. Aparte de que prestan un servicio al ciudadano informándole de lo que debe o no adquirir. Acabar con los gritos “¡Aquí la sardina como la plata!”, o “ El melón dulce como el caramelo!” son propios del lugar y desterrarlos sería ir en contra de lo que es generalmente admitido. ¿Es que piensan convertir los mercados en cenobios trapenses?