Se tocaba con una gorra de visera, llevaba siempre un cayado en las manos y en los inviernos lucía un chaleco con piel de oveja. Ni joven, ni viejo, debería tener esa edad imprecisa del campesino serrano, la del niño que se hace mayor antes de tiempo, o la del anciano que tiene la mirada tan fresca y limpia como la de un muchacho. Una edad indescifrable como la del olmo del camino, o la del nogal que acopia contemplaciones al borde un arroyuelo.
Pero un día rompió las distancias que nos habían mantenido alejados y se aproximó a la altura de una curva de la carretera en la que, sobre un malecón, oteaba paisajes y tomaba aliento.” Dicen que usted escribe en los papeles”, me dijo. Asentí, mudo. ” Yo tengo un libro escrito- continuó – y me gustaría mostrárselo”. Me rogó que lo siguiera y seguí sus pasos pisoteando jaramagos y aulagas secas, por un sendero de cabras, estrechos y serpenteante.
Luego me dijo que había que ascender unos metros por la base de un promontorio colmatado por unas enormes lajas pizarrosas. En una de ellas, sobre la superficie cenicienta, perfiladas con cal leí tres palabras: AMOR, PAZ, FRATERNIDAD. “Es mi libro”, dijo. Y, con grandes zancadas me dejó solo, dejando en el aire tras sí un rastro de esencias de hierbas tronchadas, de sudor y aprisco.
Foto: Property-in-the sun