ATAJATE, un pueblo pequeño pero muy sugerente
El pueblecito, que no tiene más allá de 200 habitantes, lo encontramos a dos pasos de Ronda, a poco más de 20 kilómetros, y a poco más de 15 minutos en coche de la estación de RENFE de Jimera de Libar, al borde la carretera que comunica la comarca rondeña con Algeciras. El caserío, blanco y compacto, de oscuras tejas morunas, busca el cobijo de colinas que jalonan su demarcación municipal y que se muestran ubérrimas en arbolado. Donde el suelo lo permite crece la vid, el cereal y el olivar, sostén de vida de la exigua población.
Pero no siempre fue la agricultura modesta el sustento de la vecindad, que la historiografía documenta que existieron en el lugar antiguas minas de hierro, hoy del todo abandonadas. Y si nos remontamos a la prehistoria, las mismas fuentes documentales hablan de útiles de piedra en el subsuelo y de restos de cerámica y monedas en los tiempos de la égida de Roma en la península. Menos alejados del tiempo de estos vestigios hay que hablar de un Atajate moruno, aunque no se conserve ninguna construcción que atestigüe este pasado remoto. No existen, pues, indicios de castillo o fortaleza, cuyas huellas se muestran visibles en otros pueblos de la zona. Existen, eso sí, restos de una torre vigía o defensiva en la cúspide de la altura de Santa Cruz, cuya ya se columbran los límites del pueblo vecino de Benadalid.
Asentado en una vaguada abierta al Valle del Genal, el pueblo duerme plácidamente a la sombra del Cerro del Cuervo; más alejado, el Pico de Peñas Blancas, que se confunde con el azul del cielo o se pierde en la lejanía en los días brumosos. Fue arrasado por las tropas napoleónicas durante la Guerra de la independencia, en el siglo XIX, y a raíz de ella sirvió de refugio a bandoleros y huidos de la justicia, con lo que la pátina de la Ronda romántica lo envuelve netamente.
Hay que venir a Atajate en cualquier época del año para disfrutar de un singular paisaje de montaña y de un entorno rural que cautiva los sentidos lejos del “ mundanal ruido” del que habló Fray Luis de León, quien glosó La Vida Retirada de Horacio(Beatus ille) y que aquí toma cartas de naturaleza. Pero como no sólo de la paz y el sosiego vive el hombre se impone la visita a mediados de agosto para divertirse en las fiestas patronales. Antes, en Semana Santa, como en otros pueblos de la Serranía, se disputan el terreno los moros y cristianos en una vistosa epopeya con todo el sabor y el colorido de unos festejos enquistados en el pueblo desde siglos atrás.
Y en todo tiempo, y para los aficionados a la buena mesa, anotamos los típicos “enreaíllos”, las gachas y las migas; sin olvidar el queso de almendra, difícil de encontrar en cualesquiera otro lugar de la Serranía.
Fotos: Atajate.es y Código Postal