Mucho ante de eso, en el último decenio del siglo XIX, hubo quienes se preocuparon de hacer llegar a buena parte del mundo las excelencias del clima malagueño, si bien lo que se pretendía entonces era canalizar hacia la ciudad un turismo no de sol y playa como el que hoy impera, sino de invierno; un turismo que propiciaba la suavidad de la estación en relación con otras ciudades sino gélidas sí sumidas en los fríos horripilantes propios de la estación.
Por los historiadores de la Universidadde Málaga, Fernando Arcas y Antonio García, que dieron a la luz sugestivos estudios sobre sus esfuerzos más que ansiosos de lucro encaminados a dar a conocer los encantos de su ciudad sabemos de la existencia de la Sociedad Propagandística del Clima y Embellecimiento de Málaga.
Noticias eruditas que, a su vez, recogen Mateo Gallego y Francisco Lancha, en su libro Málaga en la leyenda (Arguval), dando cuenta de otros autores malagueños empeñados en hacer ver la conveniencia de que dirigieran hacia Málaga sus pasos aquellos que para gozar de inviernos templados hasta entonces preferían otros destinos.
El snobismo de las clases pudientes europeas, cuando la popularización del turismo no existía ni por asomo, les exigía, en efecto, invernar en Pisa, Nápoles, Roma, Niza o Argel. Eran a estos turistas, cada vez más pudientes y numerosos a los que la sociedad trataba de captar para que se dirigieran hasta Málaga.
Pero porque aquellas fechas no existían las fiestas de turismos, ni la masiva proliferación de la figura del tour operator, ni las agencias de viajes ofrecían los abundantes servicios de hoy en día; así que lo que se hacía era enviar los datos meteorológicos invernales de la capital a las distintas estaciones de las ciudades europeas; éstas se encargaban de difundirlos, y fueron los contrastes observados – Londres, Berlín o Bonn sumidos en la tiritera, no digamos las ciudades de la gélida Noruega de los fiordos – los que hacían ver ala Europa del frío que valía la pena pasar los meses de invierno en un lugar en donde las temperaturas no eran en absoluto extremas.
Y, además, por si fuera poco, aquellas benignas condiciones climáticas, y en estos parece ser que se hacía hincapié, obraban milagros en las afecciones pulmonares, que por aquellos tiempos, todavía sin abandonar los tintes románticos decimonónicos hacían estragos en Europa.
Ocurría, sin embargo, que la corriente turística, a pesar del halagüeño clima, que ya no ofrecía dudas para los habitantes de buena parte de las ciudades europeas, no llegaba a cimentarse porque los servicios que se les ofrecía en Málaga no eran lo suficientemente satisfactorio para el ciudadano bon vivant de la época; era éste que era el que constituía la clase social que podía permitirse el lujo de hacer los bártulos y emprender viaje a España y veía quela Administración local no estaba a la altura de las circunstancias ni ejercía la tutela requerida para convertir el flujo de visitantes en negocio boyante.
Por fuerza, aquella legendaria sociedad y sus esfuerzos por atraer hacía Málaga un turismo que se preveía alentador, topaba con la indiferencia o inoperancia de quienes tenían en sus manos la facultad de transformar la ciudad y hacerla atractiva a aquella selecta y selectiva clientela.
Puede que las cosas hayan mejorado mucho desde entonces, pero todavía es audible el sonsonete de quienes piensan que se podría hacer mucho más. De hacerles caso a los políticos en su frenética y titánica lucha en la que ahora con motivos de las elecciones municipales se ensalzan, Málaga acabará con la rémora del descuido que en este aspecto piensa que aún mantiene para su desdoro.