Prohibido enfermar en verano
Este periódico se viene ocupando del acuciante problema que nos embarga a los malagueños en el caso de caer enfermo de cierta consideración y, por ende, de necesitar hospitalización urgente y perentoria atención médica en los meses de verano. Una odisea. Ante los oídos sordos de la administración autonómica que no sabe, no puede, o no quiere atajar el problema estamos viendo en estos días, en los que calor no es un aliado para remediar afecciones endémicas u ocasionales de gravedad, se vienen llenando las salas de espera de los hospitales malagueños en espera de que se atiendan sus males. Una espera tan larga como desesperante para quienes las sufren. No hay camas suficientes, brillan por su ausencia médicos y enfermeros y los que permanecen en su lugar de trabajo se las ven y desean para atender tan ingente demanda, pese a entregarse en cuerpo y alma al desempeño de sus funciones. No dan abastos, esa es la cuestión. No es su culpa, sino de quienes empeñados en recortar gastos, lo hacen despóticamente en detrimento de quienes buscan remedio a estados mórbidos que no admiten demora.
Una aseveración de algunos de los sindicatos sanitarios malagueños no puede por menos que sobrecogernos, sobre todo a los que ya sobrepasamos con creces la edad septuagenaria y padecemos afecciones y quebrantos sin cuentos que merman ostensiblemente nuestra calidad de vida. Vienen a decir aquí y ahora que “este está siendo el peor verano que se recuerda” (sic) en cuanto a la atención que se dispensa en los hospitales.
No está en nuestro ánimo alarmar a nadie. Ante la desidia de la administración se erige la encomiable labor de los profesionales que se dejan la piel en atender puntualmente a los pacientes. Pero ante una avalancha de quienes solicitan cuidados urgentes se alza el muro de la falta de personal, lo que repercute en la tardanza en administrar la pronta atención requerida.
Los drásticos recortes del SAS, que están detrás de la reducción de personal sanitario, están, al parecer, dando ocasión a “un colapso” de los servicios, sobre todo los de las urgencias, punta de lanza del sistema y en donde la falta de personal se hace más evidente.
Una situación que se repite con machacona insistencia y que perjudica a quienes sufren los zarpazos de la enfermedad y tienen que soportar en salas de espera abarrotadas (“picos de frecuentación”, según el SAS), entre otras molestias y deficiencias, la ausencia de intimidad y calor humano que pudieran disminuir estados si no comatosos sí angustiosos y deprimentes. A quienes sufren desesperantes esperas no le valen las afirmaciones del SAS, quitando hierro al asunto. Se afirma que ”la atención está totalmente garantizada”. Puede ser, que nadie quiere ser derrotista ni propagar falsas alarmas. Pero la situación es la que es y a uno se le encoge el ánimo cuando estas noticias trascienden.
La cuestión es que además de las quejas que vienen manifestado los profesionales ante una situación que se intensifica por días han alzado la voz los facultativos jubilados que han querido hacer patente su malestar a las puertas del Colegio Médico, en donde no han dudado en dar forma y voz a un manifiesto denunciado estos hechos. Loable empeño que hay que agradecer sin tapujos.