Sepultureros a porfía en Ronda
Era un oficio maldito que nadie quería. Estar en contacto perenne con los muertos venía siendo una circunstancia aborrecida. Se necesitaba temple y arrestos a partes iguales. No se trata de llevar a cabo una función única dentro de los siempre tétricos muros de un camposanto. La tarea exige conocimientos que van más allá de dar sepultura a un fallecido. Además de saber manejar con soltura el palustre para el ultimar la última morada del difunto (inhumar sus restos mortales) ha de poseer otros conocimientos inherentes al ingrato oficio, como son la exhumación, la cremación y el traslado respetuoso y preciso de los restos mortales de uno a otro lugar, a tenor de las indicaciones de las familias del difunto.
Hasta 50 vecinos han formalizado su inscripción para participar en Ronda en un concurso que habrá de dotar al cementerio de San Lorenzo de un peón sepulturero, menester éste que para el Ayuntamiento resultaba un dilema años atrás ya que nadie respondía a su pretensión: “a otro perro con ese hueso”, era poco más o menos el comentario que provocaba entre quienes, peones sin calificación laboral, pudieran optar a la ocupación ofertada, la cual a todos producía evidentes repelos. Pero, la precaria situación económica que castiga a muchos hogares rondeños y de la Serranía, ha producido el milagro de que el oficio sea disputado como si se tratase de una canonjía que se ha de aprovechar, sin poner la menor tacha.
“La muerte es una amarga pirueta de la que guardan recuerdo los muertos, sino los vivos”. Es lo que dijo en cierta ocasión el siempre mordaz Camilo José Cela, premio Nobel de Letras para su mayor gloria. No le faltaba razón. Son los vivos quienes nos enfrentamos con el espantajo de la muerte cuando nos encontramos con uso de la razón y en el lecho la vemos aproximarse sin demora. O la barruntamos cercana merodeando en torno al familiar que yace postrado esperando la hora final.
Lo cierto es que a esa realidad angustiante que es la muerte cuando nos asalta al verla de cerca rondar en nuestro alrededor procuramos pensar en otra cosa. La incertidumbre del después es algo que, sin embargo, ha impulsado a la humanidad a estudiarla a lo largo de la historia. Para enfrentarse con este dilema insoluble que abate al más pintado hay rondeños que no le causan repudio y ansían el oficio, haciendo verdad el dicho de que “a la fuerza ahorcan”.