Después de 50 años asomándose cada día a los periódicos más importantes de España, Don Manuel Alcántara ha tenido que dar de lado a su Olivetti de siempre porque una lesión -¡Por Dios, que sea leve! – en la cadera a causa de una caída.
Los diarios, de pronto, han perdido temporalmente la firma del columnista malagueño por antonomasia. Los lectores, que seguimos y leemos con fruición sus treinta o cuarentas líneas mecanografiadas hemos fruncido el gesto con disgusto al ver durante cuatro días- ¡cuatro días ya!- que la cita entre escritor y lector no se producía a causa de un malhadado accidente doméstico. Por prescripción facultativa sabemos que debe permanecer en reposo unas semanas.
¿Sabrá el maestro del ingenio y la poesía entregado en cuerpo y alma al prodigio de transformar la realidad con una visión en la que está ausente la puya hiriente y lo hediondo resistir sus ímpetus de volver al trabajo pese a las prohibiciones de los galenos? ¿Cómo soportaremos los lectores la ausencia de sus escritos que rehuyen la invectiva acerba y dan paso a una crítica velada pero sin ponzoña que él cambia con maestría – las piruetas de sus ocurrencias – haciéndonos gozar de una lectura amable que nos predisponen favorablemente al acontecer diario?
Su diaria lección magistral del buen hacer periodístico ha venido enseñándonos que no valen las condenas irrevocables ni los dogmatismos extremos. Ironía cáustica, visión agridulce de la vida, sin sevicias y un mucho de comprensión. Queremos seguir gozando de su ingeniosidad. Y de sus sentimientos ante la vida, como dice en una de sus poesías autobiográficas: “Manuel, junto al mar, desentendido: / yo era un niño jugando a la alegría…”.
JOSÉ BECERRA