Desde la provincia y el interior a veces nos hacemos preguntas y reflexionamos sobre lo que se cuece dentro y fuera de este ámbito.
Si nos paramos a pensar acabaremos viendo cómo nos encontramos inmersos en una sociedad que ha sucumbido a los miedos. Miedo a perder el empleo, miedo a no volver a encontrarlo jamás, miedo a que nos bajen el sueldo o las pensiones, miedo que nuestros ahorros – poco o muchos – se volaticen, miedo al copago sanitario, miedo a que los impuestos nos obliguen a pagar por todo, hasta por el aire que respiramos.
Miedos… Están presente en Europa, pero en España, por la cercanía, parece que nos atenazan con mayor encono. Toso este panorama desolador en el que impera la desconfianza en el futuro me recuerda a los años aciagos de nuestra posguerra. El miedo se enseñoreaba de todo bicho viviente.
Pero con la situación actual, también sumida en el miedo, hay una gran diferencia. Entonces, en los tiempos oscuros del silencio nadie podía alzar la voz.
Hoy sí podemos y es en nuestro grito en el que confiamos: para exigir cambios, comportamientos honestos y eficacia en la labor de quienes nos gobiernan. También habrá que recurrir a nuestra reciedumbre: para confiar en un futuro mejor, en avistar nuevos tiempos con menor infortunio. Como dijo una vez el político italiano Sandro Pertini: “A veces en la vida hay que saber luchar no solo sin miedo, sino también sin esperanza”.