En el recinto palaciego rondeño acaban de entrar albañiles y reparadores expertos en patrimonio antiguo para someterlo a unas obras que permitan su rehabilitación. En la Casa del Rey Moro que, pese a su nombre, nada tiene que ver con la tradición arquitectónica árabe, algo sorprendente al movernos en una ciudad en donde muchos edificios públicos y privados responden a ese orden constructivo, se oyen ahora ruidos de andamios y el ajetreo de quienes tienen la tarea de remozarla.
Es algo que no ocurre desde 1920, fecha en la que la sometió a una gran reforma la duquesa de Parcent, quien tuvo a bien añadirle varias fincas colindantes e imprimirle al conjunto los toques que la hacen destacar como monumento señero de la ciudad del Tajo. El palacete a la vez que aporta connotaciones históricas – data su construcción de principios del siglo XVIII – encierra en sus muros sucesos que se balancean entre la realidad y la leyenda como veremos enseguida.
En el entorno del Convento de Santo Domingo, muy cerca de la casa donde nació el humanista y liberal Giner de los Rios, introductor del Krausismo en España y director de la Institución Libre de Enseñanza, nos encontramos el convento de Santo Domingo, aposento rondeño del Santo Tribunal de la Inquisición. Bajando por la llamada “ciudad” (parte antigua que se opone a la del “Mercadillo” o parte moderna), dejando a la izquierda la plazuela en donde se levanta el palacio de Salvatierra ( ¡Ronda, la de los mil monumentos!) nos damos de lleno con la casa del Rey Moro.
La fachada de la mansión solariega se nos aparece haciendo chaflán con la calle. Construida en el siglo XVIII obedece a una deliberada mezcla de estilos y gustos. Dos torrecillas de ladrillo con sobresalientes aleros de tejas azules y verdes se asoman, atrevidas, a la fachada. Un balcón de forja rondeña se enmarca en una sencilla portada (fachada lateral) y cerrando los vanos del primer piso aparecen airosos alfices de azulejos con dibujos de florones. Un alero siguiente cubre en la segunda planta una sucesión de balcones a los que se adosaron balaustradas de madera.
Franqueemos la entrada y, paso a paso, contemplemos la solidez de la fábrica: Envigado de las salas, los puntales, los enjutos ventanales con minúsculos cuarterones móviles, las sólidas zapatas, las chimeneas de cerámica. Suscitan el interés los artesonados de las piezas principales del palacete y casi cuesta trabajo pisar las solerías de mosaicos con regusto neoclásico y que retratan en un alarde iconográfico alegorías de las edades del hombre. Todo respira ambiente señorial y nada nos extrañaría ver aparecer damiselas con miriñaques o nobles que pisan fuerte sobre el pavimento y dejan tras sí efluvios de cueros y guantes usados.
Pero es el jardín, cuya creación mucho debe al arquitecto paisajista francés Forestier, detrás de la gran casona señorial, lo que de verdad aviva la imaginación. Se llega a él a través de dos puertas abiertas en la tapia, con adornos historiados de flores de lis en los capiteles góticos.
Del gran solar ajardinado, con una pronunciada pendiente parte una escalera con centenares de peldaños labrados en roca viva y que llegan en sinuoso trayecto hasta el río Guadalevín que lame su estructura. A sus pies el manantial conocido como la Mina, del que antiguamente se abastecía de agua la ciudad de Ronda.
Prepárense para un recorrido inverosímilmente vertical y tenebroso al que presta misterio y pavor – si pensamos en quienes lo transitaron – las lumbreras y huecos en la obra de mampostería que solo dificultosamente deja entrar tímidos ramalazos de la claridad exterior.
Recintos y salas sombrías carcomidas por el paso del tiempo contemplaron siglos atrás el penoso paso de los cautivos cristianos sometidos al poder agareno y que eran condenados a acarrear el agua en odres y cántaros de barro, atados unos a otros con cadenas. ¡Cuántos ayes de dolor hubieron de oír estos desconchados muros! ¡Cuántos rostros famélicos y lágrimas tuvieron que contemplar estas empinadas escaleras!
Un dicho proviene de aquella horrible condena que de por vida se le sometía a los cristianos apresados por las hordas muslimes y que se debatían entre la vida y la muerte en un continuo descenso y ascenso por unas escalones infames: “En Ronda mueras acarreando zaques”. Improperio que se lanza todavía a alguien en plan chusco o a un enemigo taimado.
Se conjugan así en la Casa del Rey Moro la pátina tradicional que impregna desde sus cimientos hasta el remate de los tejadillos de las torres de una fábrica ancestral solariega con el horror de unos pasadizos en donde una humanidad afligida arrastró su esclavitud alumbrada por la borrosa claridad de ventanucos de ladrillos toscamente ensamblados.
Foto: Turismoronda