Salvajada en la Cueva del Cantal de la Cala del Moral
JOSÉ BECERRA
En mis paseos otrora vespertinos por los alrededores de la Cala del Moral, siguiendo de cerca el tránsito que la proximidad del mar me permite y soslayando la vista de la carretera y su bullir constate de vehículos que desentonan en un paraje que invita a la relajación, todo hay que decirlo, me he parado infinidad de veces para contemplar la hendidura en la piedra caliza que sirvió de entrada a las cuevas del Cantal. En ella buscaron refugio los aborígenes del lugar se supone que para resguardarse de las inclemencias del tiempo o para sus quehaceres de supervivencia en el clima hostil que propiciaba el último estadio del Paleolítico que abría la Edad de Piedra.
Me maravillaba tener tan cerca un portento de la andadura del hombre prehistórico por la zona, sobre todo porque en las grutas que condicionaron su vivir dejaron muestran de un arte incipiente que habría de maravillarnos milenios después. De la misma forma, en un correlato evidente, que los son las grutas de Lascaux o Altamira, pongo por casos, la del Cantal ha sido considerada por investigadores de este portento artístico prehistórico como “una catedral cultural y religiosa”, más allá de servir para resguardarse de las inclemencias del tiempo.
Pero existen otras razones que hablan de la singularidad de este espacio socavado o erosionado en la roca: es la única dentro del Continente europeo cuyo origen es submarino y que formó en la época jurásica emergiendo del mar cual Ulises que engalana la mitología y la leyenda de la Antigua Grecia. Solo que aquí en los Cantales quienes anidaron fueron quienes se alimentaron en los concheros o depósitos de moluscos, conchas y peces que les servían de sustento.
Por estos argumentos irrefutables el Cantal se debería considerar como un santuario que merece el cuido y la protección de propios y extraños, y resulta tan incompresible como vejatorio para quien tenemos más de dos dedos de frente que haya sido asaltado por una horda de descerebrados que han emponzoñado con grafitis pinturas rupestres que merecen el respeto y la admiración de todos. Una salvajada que no debe repetirse so pena de recibir el severo castigo de quienes atentan contra un legado cultural que no puede por menos de sentar las bases de formas de vidas ancestrales cuyo respeto y salvaguarda es tarea de todos, y de las autoridades de las administraciones públicas en primer lugar.
(No soy autor de la foto)