La insólita Verbena del Tren en Benaoján
JOSÉ BECERRA
Que se sepa, en ningún lugar de la Península ibérica, ancha y variopinta, se celebra un festejo de este cariz. Porque en este municipio, emporio del chorizo y la morcilla, amén de otros bocados deliciosos provenientes del cerdo, ese animal tozudo y hozador del que se dice que gustan hasta los andares, decidió va ya para una treintena de años atrás, homenajear al tren.
El pueblo está unido como si de un apéndice umbilical se tratase a la estación de Renfe, a la que se llega, ya por carretera, ya por una senda que serpentea entre rocas y olivares, y que recoge una antigua cancioncilla que habla de la idiosincrasia del pueblo (“Por el caminito del Río va la moza, con pasitos cortos, pero ligera…”) en un tiempo que no va más allá del cuarto de hora.
La línea férrea que une Algeciras con Bobadilla y Málaga que data de los inicios del pasado siglo va desde entonces hilvanando entre sí pequeños pueblos con escasa densidad de población que vivió como un milagro que el tren transcurriese entre sus términos municipales con lo que ello comportaba para la movilidad de sus habitantes y menguadas economías.
El municipio de Benaoján quiso agradecer su paso por el territorio que vino a solventar una necesidad de transportar la mercancía de sus incipientes fábricas de embutidos a lejanos destinos cuando los medios de transportes por carreteras comarcales no lo facilitaban por su ausencia o imposibles trazados. Y surgió la Verbena del Tren, siempre bien acogida por propios y extraños.
Son dos días de jolgorio y cuchipanda, bailes y atracciones verbeneras continuadas los que ocuparán el sábado 29 y domingo 30, junto a un lugar insólito: los raíles del tren en cuyo honor se monta cada año el festejo. Orquestas y atracciones a tutiplén amenizarán la verbena hasta que “el cuerpo aguante”, que dicen los del lugar.
Y si el calor le atosiga mediado el día siempre tiene la oportunidad de arribar paso a paso (o en coche si lo prefiere) por un camino poblado de adelfas y vetustos encinares hasta la Cueva del Gato, ese lugar idílico enclavado a muy poca distancia del lugar del festejo, prodigio de la piedra festoneada por la Naturaleza y el paso incesante de las aguas desatadas del río Gaudares o Campobuche que al hermano mayor, el Guadiaro, vienen a morir en fraternal abrazo, sellando amistad indeleble con el pueblo de Montejaque (Cueva del Hudidero), que desde este singular pueblo serrano proceden atravesando subterráneos y parajes de sombras reinantes en laberíntico recovecos y fosas que sobrecogen el ánimo. Aquí, en la desembocadura de las frías aguas podrá mitigar el calor reinante con un baño prolongado en el llamado “Charco Azul”, cuyas losas del fondo se observan a simple vista dado lo cristalino y turgente del fondo del líquido elemento allí remansado.
Los trenes, todos y cada uno de los que en estos dos días de bulla y agitación se vive junto a su paso, no tienen por menos que saludar y agradecer con prolongados pitidos tan singular festejo en su honor.
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