Júzcar dice adiós a los pitufos
JOSÉ BECERRA
“La pela es la pela”, que dicen los castizos catalanes y de rechazo en cualquiera parte del país, a saber, que el dinero es lo que importa y éste es el que mueve voluntades y actitudes, sin el cual todo se viene abajo como un castillo de naipes. Es lo que acaba de ocurrir en Júzcar, ese encantador pueblo de la Serranía de Ronda, que había hecho del color azul-celeste su santo y seña a tenor de los Pitufos, la serie televisiva que removió los cimientos del pueblo y dinamizó su paupérrima economía atrayendo infinidad de visitantes.
En estos tiempos procelosos que corren en los que encontrar un puesto de trabajo es tarea ímproba por no decir imposible resultaba reconfortante saber que en un pueblo de la Ronda serrana se podían contar con los dedos de una sola mano y quizá sobrasen dedos las personas que no gozaban de una ocupación lo suficientemente lucrativa como para servir de sostén a una familia, fruto la feliz de la providencia que, como un maná, se derramó sobre el pueblo, en forma de tan divertidos personajes.
A Júzcar, enclavado en el oeste de la provincia malagueña, en las cercanías del Alto Genal, el cual da nombre a un fértil valle, parece que los pitufos le tocaron con su varita mágica en reconocimiento a que las fachadas de las viviendas se tiñeran de azul, que, como se sabe, es el color distintivo de estos divertidos personajes que con sus historietas y películas cautivaron a los niños de medio mundo.
En buena parte debido a ellos, hoy por hoy, trabaja casi todo el pueblo; merced además, que todo hay que decirlo, a las inversiones que vienen realizando tanto la Diputación como la Junta de Andalucía con el propósito de dinamizar la economía local de pueblos malagueños, en este caso en los que se ubican dentro del marco de la Serranía de Ronda. Una economía deficiente y una situación calamitosa que había que concederle la mayor atención, desarrollando en lo posible el turismo, palanca que en cualquier parte todo lo mueve para bien.
Pero he aquí que la gallina de los huevos de oro, echando mano a la famosa fábula de Esopo, lleva camino de desaparecer más temprano que tarde. Y no es que como en el relato clásico se ambicionará más de lo debido matando a la ave y hurgar en sus entrañas, que no es el caso, sino que el Consistorio se ha decidido acabar con todas las imágenes y estatuas que con los celebérrimos Pitufos se adornaba el municipio. Se le exigían compromisos pecuniarios que nunca se satisficieron a los creadores de las divertidas historietas de los protagonistas y desde la Alcaldía se ha optado por el camino de en medio.
Hubo un intento de aproximación entre las partes, pero el resultado final es que se prescinde de las efigies, que desde hoy parece que pasarán a mejor vida, una vez no quede ni rastro en el pueblo de ellas. Fueron vivo reclamo para visitantes – se afirma que llegaron a aposentarse una media de 50.000 visitantes en la demarcación –, un prodigio para un caserío que apenas llega a los 250 habitantes y que revolucionó para bien sus exiguos recursos económicos. La pela es la pela, como digo, y es lo que exigen los progenitores de los televisivos personajes a las autoridades administrativas de Júzcar, optando éstas finalmente por sucumbir a tenor de las exigencias por las promesas incumplidas. Una decisión que todos hemos de sentir porque vino a revitalizar lo que no era sino poco más que una aldea que cobró vida inusitada y llegó a tener prestancia dentro y fuera de España.
Eso sí, el colorido característico que durante años revistieron las fachadas y que recordaban a los protagonistas de la serie continuará tal cual, que cada vecino es dueño y señor para pintar su casa del modo y forma que se le antoje. Faltaría más.
Foto Diario SUR