España y la senectud prodigiosa
José Becerra
Lo dicen expertos en demografía que estudiaron muy recientemente la esperanza de vida de los españoles: conquistamos, dando la mano a Japón por el mismo concepto, la mayor esperanza de permanecer en este mundo vivitos y coleando, distanciado del resto de los países del mundo. Desde 1960, la esperanza de vida en España ha aumentado más de 15 años. Puede que la calidad de vida de los mayores haya empeorado últimamente como signo evidente e ineludible en los últimos tiempos, lo que no es óbice para poder escalar ese primer puesto de longevidad en la escala mundial que refleja la continuidad en este hit parade de la supervivencia de los distintos pueblos del globo terráqueo.
En la otra punta inicial de nuestra condición vegetativa se atestigua por las mismas fuentes científicas que permanecemos en los primeros puestos de la menor mortalidad infantil. Estas halagüeñas certezas, entre otras que hablan de la supremacía del país, por ejemplo, en los trasplantes de órganos en centros hospitalarios públicos, no se reconocen por quienes se muestran detractores a ultranza de las mejoras de vida que hemos conquistados en las últimas décadas, por el prurito trasnochado, caso ahora de los separatistas catalanes, vienen esgrimiendo como una bandera desplegada al viento lo de “España nos roba”, y usurpa derechos. Se arrogan el derecho de contradecir lo que se muestra palpable en el sentir ciudadano y que no comulga con su ideario trasnochado e inasumible de secesión a ultranza caiga quien caiga.
La longevidad de los mayores, entre los que me cuento, que alcanza cotas inimaginables en comparación con épocas de penuria felizmente superadas, incita a que se haga caso omiso a las invectivas de quienes se afanan en pintarnos oprobiosos escenarios que no se corresponden con la realidad por muchos que estos detractores de la realidad, que ahora están en la mente de todos, lo esgriman y se empeñen en reafirmarlos. Senectud prodigiosa la nuestra que no tenemos por menos que agradecer a quienes, de una manera u otra, la hacen posible.
Alguien dijo, con toda la razón del mundo, que envejecer es como escalar una gran montaña; mientras ascendemos la fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena. En esta certeza nos cobijamos quienes escalamos ya, no la tercera edad, sino la cuarta y última.