El resultado final de las elecciones andaluzas ha sorprendido a muchos, incluso, a los que pueden alzarse como vencedores. Una vez más las encuestas fracasaron estrepitosamente, a lo mejor porque los andaluces escapan a pronósticos que en otros lugares pueden responder a la realidad de lo esperado.
Tengo para mí que la derecha no acaba de entender que en Andalucía está enquistada hasta profundidad inverosímil la mentalidad izquierdista y populista y luchar contra ella requiere redaños que otra vez no han estado a la altura de las circunstancias.
Los esquemas fijos de esta mentalidad, que pueden que sean legítimos a tenor de la larga travesía del pueblo llano sometido a los desmanes del señorito de turno – una imagen trasnochada pero que se grabó indeleblemente –, es casi seguro que estén detrás de esa negación de la derecha que perdura hasta nuestros días. Así se constata en los pueblos pequeños del interior que votaron PSOE mayoritariamente.
Si esto añadimos el desacierto de Arenas que eludió el debate televisado (entre otros dislates) en el que podía haber hecho hincapié en esa singularidad que parece inconmovible recurriendo a argumentos – que nadie le exigía que fuesen políticamente correctos- para desarmar a los contrincantes, habida cuenta del desastre económico y el paro mayúsculo en que la región se debate.También podría haber contraatacado incidiendo enel rechazo de la reforma laboral de Rajoy y su más que previsible copago sanitario.
Es comprensible que los resultados se manifiesten en su contra.