Morir sin miedos
JOSÉ BECERRA
Acaba de ver la luz un libro cuya lectura aconsejaría a aquellos que como yo rondan ya edad avanzada o a quienes sufren patologías severas y para sus adentros tratan de familiarizarse con la llegada de una muerte que ya consideran si no inminente, sí no muy lejana. La autora de esta obra que traigo a colación es Kathryn Mannix, una doctora del Reino Unido dedicada en cuerpo y alma a aliviar el sufrimiento de enfermos terminales con una larga trayectoria profesional entregada a la asistencia de enfermos de cáncer incurables, y que se considera como pionera en el ejercicio de prácticas paliativas y asistencial a aquellos pacientes cuyo final se aproxima de manera inexorable.
Su dilatado apoyo a enfermos terminales se refleja en un libro que ha resultado escalar uno de los primeros puestos en el hit parade de los que se publicaron en el país británico en el pasado año. Recalca Mannix en su libro “Cuando el final se acerca”, que se publicó hace pocos meses que así como el nacimiento es un proceso natural que a nadie sorprende debiera serlo también el de la muerte. Hacer frente a este espantajo como ley de vida que lleva a su final no debiera acongojarnos si se se piensa que es un proceso normal tan ineludible como el hecho de venir a este mundo. Por esta razón, que ella afirma indubitable, afirma su asombro ante la negativa tácita de la sociedad para encarar esta cuestión, eludiéndose siempre hablar sobre ella. Tiene constancia del pavor que provoca y no duda en afirmar que el trance no resulta tan terrible como es dado suponer. Avalan su afirmación, que es rotunda, su dilatada experiencia junto al lecho de moribundos sin remisión, que muchos tildan de dolor, a los que les prestó ayuda en tan cruciales momentos de sus vidas. Cree con firmeza que “la cosa no es tan terrible” y que se pude afrontar, si el enfermo recibe en el trance una información precisa y apropiada. Sus afirmaciones no deberían caer en saco rato dado su larga experiencia con enfermos terminales.
Reitera que los últimos momentos de la existencia no responden a esa idea preconcebida de que llegan con dolores o asfixias. Y que considerados como un proceso más de la existencia como es el nacer no tiene porqué producirnos horror. Es lo que ha intentado inculcar en su dilatada vida profesional y que siempre ha resultado eficaz en moribundos que se debatían en ese hilo que separa a la vida de la muerte, y a los que asistía al borde del lecho. “Un efecto balsámico” no duda en afirmar. Temores como los indescifrables del miedo al “más allá” y la certeza de que existe algo después de la muerte, se puede llegar a eliminar uno u otro proporcionado al enfermo una ataraxia completa.
El propósito de Mannix, y su libro así lo da a entender, es inculcar la idea de que el proceso de dejar este mundo no debe ser temible porque sea agónico, lo es en muy contadas ocasiones.En las más, y lo avalan las más de 10.000 muertes que ha presenciado el tránsito no se reviste de maneras aciagas. También pone de relieve la necesidad de vivir cada día como un don precioso que se nos concede. Vivir el momento y tener en cuenta que cada día es bello es consustancial con una vida, que puede ser efímera, y, por ende, tender siempre a menospreciar aquello que puede enturbiarla. Pensar en la muerte como algo ineludible, puede ser no grato, pero tampoco horripilante, es la conclusión final a la que llega la autora, junto a la que planea en todo su libro: Vivir y morir sin miedos al más allá. Vale la pena seguir sus asertos.