Malquerencia a los partidos políticos
No es raro que en conversaciones distendidas, ya sea en el bar, el mentidero, o en la plazoleta buscando el sol que mas calienta, buena parte de nuestros congéneres no tienen empacho en proclamar su hartura de la política y, a veces, de quienes son sus figuras más destacadas, militen o rijan los partidos de cualquier color del momento, sea cuales sean sus siglas y distintivos. Se encogen de hombres y farfullan algo así como: ”¡Bah! ¡Políticos!” No es que lo detesten, sino que al corriente de sus bandazos y promesas vacuas, les causan indiferencia, cuando no inquina, y nos es infrecuente oír como despotrican de ellos o de sus asertos.
Sin embargo, hay que admitir que la política tiende sus lazos por doquiera y están en mano de quienes en ella participan, y que los cambios especiales y económicos de cualquier país dependen de sus decisiones, sean o no acertadas y convenientes para el pueblo llano. Ocurre desde los inicios de los tiempos y, en concreto, desde de las democracias griegas, que ya ha llovido, hasta nuestros días, o sea que peinan canas. Y desde siempre, salvo honrosas excepciones, que de haberlas haylas, su objetivo no ha sido otro que poner trabas al adversario para que se destripe y poder ocupar la posición que el derrotado dejaba vacante muy a pesar suyo. Resulta demoledor, siempre dando por hecho las excepciones de rigor, que personajes que no descollaron en su vida por méritos propios, ni labrarse un porvenir venturoso, decidan sobre la existencia de millones de personas de cuyas haciendas disponen a su antojo. Espanta, por no decir que horroriza, y sálvese quien pueda, que existan políticos de nueva cuño, los cuales se muestren impertérritos y pretendan permanecer en el cargo pese a que, ni antes ni después de afincarse en él, gozaran de otras sinecuras para subsitir: se agarran al poder como una lapa porque difícilmente podrían descollar en cualesquiera de otras facetas laborales de la vida. Ostentan muestras de aparentar, y lo buscan con denuedo, que el ciudadano normal y corriente debe cambiar sus principios y la dirección de sus apetencias, cuando en realidad son ellos los que deberían dar un nuevo rumbo a sus pretensiones, no pocas veces desacertadas.
Tememos que la inestabilidad, aquí y ahora, se enseñoree de este Gobierno que comienza, tambaleante, a dar sus primeros pasos. Por lo pronto, y para que no se eche en saco roto, quienes mangonean en ERC, no se empachan en recordar a Sánchez de quienes dependió que siga pernoctando en la Moncloa. El trágala de que ellos en buena medida tienen en sus manos su supervivencia política no se descarta en absoluto. Por lo pronto amenazan con que la aprobación de los Presupuestos o sus decisiones posteriores, dependerá que sirvan sus intereses o, en caso contrario, lo rechacen de plano.
Ya se muestran reticencias a que culmine un Ministerio para la despoblación del que confiaba el diputado Tomás Guitarte, el defensor a ultranza de “Teruel existe”, el cual emitió un voto decisivo para hacer efectiva la investidura de Sánchez. Si te vi, no me acuerdo. La decisión de este ministerio en el aire. Y Guitarte, de momento, con un palmo de narices, porque de la promesa al hecho un gran trecho, que dice el sabio refrán, y no habrá que se sepa, un ministerio contra la despoblación para hacer frente a este mal, ya endémico, que nos acecha y que se evidencia en la España vaciada. Aunque se eleven hasta la más altos estamentos del Estado lo de” qué hay de lo mio” es muy posible que nada se sepa al respecto, pese a que fuese éste voto del político turolense decisivo para colocar a Sánchez presidente indiscutible del Gobierno que ahora inicia su periplo.
Por todas estas veleidades de los políticos de turno, de uno u otro cariz, es evidente la malquerencia a los gobernantes que van a lo suyo y que, una vez bien instalados en la poltrona del poder, se olvidan de sus promesas a aquellos que hicieron posible, en este caso concreto a una investidura, aupándoles hasta conseguirla.