No puede por menos que encogernos el alma la visión que un día sí y otro también nos ofrecen los telediarios de ancianos deambulalando por pasillos desiertos sin rumbo fijo en las residencias en donde viven. Vivir es una exageración que se sabe que muchas de ellas, y sálvense las que puedan, no son sino un malvivir sin paliativos posibles. Estampas que nos soliviantan siempre, pero que ahora por mor de la pandemia exacerban nuestra mente, y no pueden por menos que angustiarnos, cuando no llenarnos de pavor. No digamos cuando sabemos que, recluidos en sus habitaciones claman por salir y golpean las puertas inútilmente, presos de un pavor que solo llegamos a entrever.
Lo dieron todo por su prole,dejándose la vida si ello fuese posible por sustentarla: no les arredró ni los esfuerzos ni los trabajos. Envejecieron nuestros progenitores faclitándonos la estancia en este mundo y haciéndola más llevadera gracias a sus trabajos y esfuerzos. Sin un gesto desabrido, sin un hartazgo en su quehacer protectora y benefactora. A ellos, en muchos años, nos le fue la vida placentera: atravesaron situaciones difíciles y épocas de guerras y hambres e inclemencias de todo tipo. Pero no se arredraron: supieron caper la situación hasta dejarnos una España en paz y en la que vivir acabó por no ser azarosa.
Pero ahora, superado los tiempos aciagos, enclaustrados tras los muros de una residencia, les toca malvivir entre la desazón, cuando no del miedo. Visiones terroríficas nos han deparado un día sí y otro también las televisiones en estos tiempos de pandemia. Caminan por pasillos, poco menos que tambaleándose, completamente solos, sin el calor de una mano amiga que les transmita seguridad y aliento. Les falta la insustituible proximidad de los seres queridos, esos a quienes todo entregaron. Pero ahora, en la soledad de sus fríos habitáculos, aquéllos no están para devolverles la entrega y amor que supieron sembrar cuando disponían del esfuerzo y la entereza que les prodigaron sin tasa.
Ya viejos y frágiles es fácil deducir que no puedan por menos que recordar momentos vividos en los que todo lo dieron por el bienestar de sus hijos. Velaron por sus vidas desde que vinieron al mundo, crecieron, estudiaron y emprendieron su deambular por lugares cercanos o lejanos. ¿Sabrán de sus noches en vela en sus salidas nocturnas y del bienestar experimentado tras oír su vuelta al hogar? ¿Entenderán sus inquietudes hasta que lograron culminar sus estudios y labrarse un seguro porvenir? ¿Entenderán sus preocupaciones en el momento en que decidieron fundar su propio hogar y desvincularse del paternal? ¿Deducirán, en fin, una vida de sacrificios y renuncias por verlos creceer, labrarse un porvenir y fundar su propia familia?
Puede que sean esas o parecidas conjeturas las que se hagan quienes ahora se ven constreñidos tras los muros de una residencia con la muerte alateando a su alrededor y mostrando su siniestras fauces. Sin que nada ni nadie venga a menguar su aflicción.