Son las dos constantes que han imperado estos últimos días en la Málaga, otrora alegre y bulliciosa que siempre fue y a mayor gloria de su vecindad. Lo mismo cabría decir de los pueblos del interior sometidos a la servidumbre de un enemigo terrible y común que viene segando vida sin parar o atemorizando sin piedad a quienes pretenden huir de sus acechanzas. Pueblos de la provincia malagueña acusan el temor que les invade ante los posibles zarpazos del enemigo común e implacable que amenaza sus vidas.
Calles vacías y silenciosas y plazuelas otrora animada por la presencia de mayores que buscaban la compañía de sus semejantes para hablar de lo divino y lo humano, muestran ahora un silencio inhóspito, en parte por los ariscado de la estación invernal, pero sobre todo por el miedo que abate a quienes otrora buscaban la proximidad del vecino o semejante, ese del que ahora rehúyen temeroso de que sea portador del maléfico virus que muy bien podría saltar de su contextura a la suya.
Calles y plazuelas desiertas y un silencio cuasi sepulcral en alamedas y rincones que otrora eran viveros de conversaciones y animadas tertulias vecinales, pero en las que ahora reina el silencio más oprobioso. Los escasos viandantes que por motivos ineludibles se ven forzados a transitar por las desiertas callejuelas de no importa que pueblo de la provincia malagueña, ya sea por la búsqueda del sustento diario, ya por la obligación de acudir a su puesto de trabajo, muestran su despego al próximo, ese al que siempre saludaba con complacencia, pero que ahora lo hace con mal disimulado temor.
Una pregunta inquietante le asalta ante el prójimo, el mismo con quien departía amigablemente meses atrás, pero del que ahora procura distanciarse escrutando parte de su rostro tras la obliga mascarilla, como si de pronto se hubiese convertido en un enemigo en potencia, capaz de hacer pasar, aunque no lo pretenda, las dentelladas del “bicho” infame a su propia naturaleza.
Deambular en los pueblos del interior en los que la población es mínima causa estupor cuando no espanto. Las campanadas del reloj, en lo más alto de las torres de las iglesias, suenan monótonas, avisos de unas horas que ya nadie oye porque la población entera se encuentra recluida en sus domicilios apenas la luz del día se difumina y desaparece como por ensalmo. Si hay quien se atreve a salir de su domicilio en esta hora en el que silencio se enseñorea del pueblo se puede cerciorar del silencio cuasi sepulcral que lo envuelve por completo. Ni rastro de viandantes que optan permanecer en sus domicilios en tiempos y horas en que la cháchara vecinal resultaba natural y animada. Ahora se temen las acechanzas del maléfico virus, que puede, traidor e implacable, saltarle al cuello al viandante atrevido que osó poner en duda los amagos de su letalidad.
Calles en las que hasta casi ayer mismo eran transitadas a cualquiera hora del día o la noche ahora permanecen desiertas, como si un ciclón hubiese barrido como por ensalmo todo signo de vida. En las ciudades este enclaustramiento colectivo es menos ostensible, pero en los pequeños pueblos del interior es notorio. Se teme a los zarpazos despiadados del virus, enemigo común, del que todos están convencidos de que acecha para propinar dentelladas mortales a todo bicho viviente que pudiera osar encararse con quien sin miramientos puede propinarle el golpe mortal que habría de acabar con su vida. El tenue alumbrado callejero proyecta sombras fantasmagóricas sobre las superficies encaladas y todo es quietud y silencios, como si la vecindad en desbandada hubiese abandonado el pueblo y este se debatiera con las sombras que inundan todos y cada uno de sus rincones. Soledad y tristeza por doquiera.