Si mostrándonos precavidos en el acontecer de nuestro diario deambular, ya sea por la ciudad o el pueblo en el que viene transcurriendo nuestra existencia, hemos mirados no sin cierto recelo y mal disimulada aprehensión a los viandantes con los que nos cruzábamos, ya en la calle, ya en el metro o el autobús, No creo que haga falta incidir en que estos temores se han acrecentados con la aparición del maligno virus que nos aterroriza y diezma: ha venido para trastocar y acrecentar nuestro sentir y temores ante lo desconocido. El viandante, nuestro enemigo, aunque reboce salud y plenitud corporal. Tu prójimo, tu enemigo, cabría decir, mal que nos pese.
Una veintena de años atrás esta rocambolesca situación que hoy por hoy atravesamos, se nos antojaría del todo descabellada. Sin embargo, ahora, mal que nos pese, hemos llegado a ella, con la evidencia, además, que se acrecienta por días. Pero he aquí hemos aterrizado en ella, y lo que es peor, somos consciente de que se acrecienta por días. Y es cierto, y es el pan nuestro de cada.
Y lo mismo que no se pueden pedir peras al olmo, tampoco toca ahora pedir a la condición humana, tan frágil ella por lo general, que se muestre abierta a quienes nos tropezamos por la calle, o coincidimos en el “super” de turno en busca de las viandas de cada día. “El hombre, un enemigo para el hombre” reza un dicho que no deja de ser meridianamente cierto, y que ahora cobra inusitada vigencia.
Unas novísimas formas de vida se han instalado a remolque del virus que nos asola sin piedad. Tememos dejar a nuestros hijos en el colegio de turno o dejarlos jugar con sus compañeros en los lugares de esparcimiento de siempre. Miedos latentes a saludar a las amistades de siempre, o convivir con los compañeros de trabajo bajo el mismo techo. Misántropos as todas luces. En eso nos hemos convertidos, mal que nos pese, a causa de de las circunstancias adversas que se nos deparan cada día, y que no parecen que vayan a desaparecer pronto.
Al menos hasta que la ansiada vacuna contra el malhadado “bicho” venga cobrar cartas de naturaleza y una nueva realidad tangible acabe con nuestros miedos y aprehensiones hoy por hoy enquistadas mal que nos pese.