Los parámetros de las muertes en España durante los últimos tiempos dan que pensar, cuando no causan mal disimulado horror, ante el hecho de que el fatídico virus se ha llevado por delante la espeluznante cifra de más de 100.000 vidas a lo largo del año 2020 que ya es(funesta) historia. Sucumbieron en mayor medida los que arrastraban largos años de existencia, esos que sufrieron en sus carnes con mayor virulencia los zarpazos del virus asesino, y que, hoy por hoy, sigue llevándose por delante alrededor de una centena de quienes columbran el fin un día sí y otro también. Vienen, como digo, sucumbiendo a sus zarpazos asesinos los que llevan sobre sus espaldas el peso del mayor número de años y no pocos arrechuchos que por ley de vida no pueden por menos que arruinar constituciones de por sí débiles y exhaustas por una existencia prolongada.
La esperanza de vida fijada en años anteriores en edades que mucho dábamos como buenas y en esa certidumbre nos holgábamos quienes ya rondan la edad octogenaria o la traspasaron con creces ha retrocedido de manera alarmante. De un papirotazo se ha reducido alrededor de dos años, lo que no deja de inquietar vivamente a quienes se mueven en esa horquilla de la edad. Gozábamos los españoles de unas expectativas de vida que rondaban los 84 años. Pero he aquí que ha venido el maligno virus a bajarnos del pedestal en el que nos hallábamos cómodamente instalado: hoy por hoy nos podemos dar por contento si permanecemos en este mundo cuando apenas hayamos rebasado los 80 años. De un papirotazo la pandemia nos ha rebatado la existencia de una esperanza de vida que no teníamos por menos que acariciar sin tapujos.
Resulta curioso, cuando no sorprendente, que la pandemia castiga sobremanera a los hombres. Somos quienes sufrimos con mayor frecuencia e intensidad los zarpazos del temible virus que, bien es cierto a nadie perdona, aunque el elemento femenino, que se sepa, sufre en menor proporción e intensidad sus acometidas mortales. La esperanza de vida, tanto para las féminas como para sus oponentes en sexo, ha bajado hasta la que predominaba casi doce años atrás.
La tendencia de acrecentar los años de vida, si echamos la mirada en Europa, era un fenómeno observable desde décadas atrás. Los avances de la medicina por un lado y por otro la consistencia y más óptimos parámetros en lo que tocaba a la calidad de vida merced a nuevos tiempos más halagüeños se trastocan: han venido a chocar contra el muradal del virus que de manera drástica ha venido para mermar nuestras posibilidades de habitar más tiempo en un mundo que de manera drástica nos ha mostrado un cariz hostil que nadie presagiaba.
Se confiaba en el acrecentamiento de la esperanza de vida hasta hace poco tiempo, antes que el virus demoledor hiciera acto de presencia para acortarla drásticamente. Hoy por hoy, palpamos como aquella certidumbre se desmorona: vemos, no sin pesadumbre, que esa confianza en permanecer en este mundo más tiempo se ha trastocado significativamente, y en el caso de España de manera más drástica que en el resto de Europa.