Las familiares escenas de padres o abuelos despidiéndose de sus retoños a las puertas del colegio de turno vuelven a repetirse a partir de esta semana en curso. Besos de efímera despedida, últimos consejos a pies de calle y bullanguero tropel de niños que vuelven a inundar las aulas abriendo así estrepitosamente el nuevo curso escolar. Minutos antes un tropel de escolares y padres a las puertas del centro de turno despidiéndose unos de otros con el resquemor latente de la última ola de la pandemia rondando sus cabezas. Una escena que se repite por doquiera aquí y acullá, ensayándose una normalidad que nada tiene que ver con la de años anteriores cuando el malhadado virus ni estaba ni se le esperaba.
Ahora, después del verano, se hace evidente el regreso a las aulas, sobrevolando sobre padres y alumno la quinta ola de la maléfica pandemia con una variante, la malhadada Delta que nos cogió de improviso y propinando dentelladas más peligrosas, según apuntan quienes de esto saben y mucho. Nuestros hijos y nietos que soportaron sobre sus espaldas dos cursos anormales se enfrentan a otro cuyo transcurso está por dilucidar en sus albores. Todo parece indicar, no obstante, que la presente vuelta a las aulas no entrañe los temores y aprehensiones que fueron evidentes al comienzo de los anteriores.
El regreso, en principio, y a tenor del desplome de la epidemia que, loado sea Dios, parece perder virulencia, resulta probable que resulte m ás fructífera en lo que toca al aprendizaje del alumnado. Todo parece indicar que el regreso a clase va a tener todos los visos de la normalidad, sobre todo la del alumnado de la enseñanza secundaria: un alto porcentaje de este alumnado irá a sentarse en sus pupitres con la tranquilidad de contar con la aliada de la vacuna que en estas fechas habrán recibido en una alta proporción. Un dato revelador es que, en contra de lo que pudiera parecer, se han contagiado más gente joven durante el periodo vacacional que en el tiempo transcurrido asistiendo a clases.
A nadie se le escapa ya a la hora de considerar las causas que nos incluye en la lista de los temerosos de que el virus maligno se cebe en nuestra naturaleza, de que existen razones fundadas para darles un quiebro al temible enemigo común, a poco que pongamos empeño en eludir sus zarpazos. Hay que huir, como se nos aconseja reiteradamente que lo hagamos del diablo, de los lugares tumultuosos y sin ventilación y en donde la mascarilla brilla por su ausencia. Pero ¿qué ocurre en los colegios, ahora que acaban de abrir sus puertas para recibir a aquellos que han de permanecer muchas horas en su interior, caso de los colegios en donde se posicionan cada día nuestros retoños ávidos de conocimientos. Juegan a favor de los más temerosos que el pasado curso resultó ser ejemplar con los cuidados que se pusieron en prácticas (ventilación adecuada, contactos vigilados, vigilancia extrema del profesorado, y un largo etcétera que evitó contagios que no fueron más allá de los que se originaron en cielo abierto para el común de los mortales). Los colegios no fueron focos de infección porque se pusieron todos los medios habidos y por haber para evitarlos. Algo que nos ha he hecho a todos respirar aliviados.
Estudios científicos vienen avalando la certidumbre de que la gente más joven, sobre todo los que no llegan a los 12 años de edad tienen más posibilidades de salir indemnes de las acechanzas de este virus traidor y homicida. Jugaron a este tenor el empeño crucial que pusieron familias y centros educativos para frenar los zarpazos del traidor enemigo. Estos últimos siguiendo al pie de la letra las indicaciones emanadas de instancias superiores tanto médicas como educativas para extremar las medidas en lo que se refiere a la ventilación de las aulas, procurar la distancia de seguridad en éstas, y llevar a rajatabla las indicaciones sobre grupos burbujas, junto una disminución extrema en lo que toca a la ratio en el centro educativo. Temor e ilusión al mismo tiempo en el obligado retorno al “cole”.